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  Una epopeya lírica
 

Artículo de LUIS ANTONIO DE VILLENA


Walt Whitman ha sido considerado (con Poe y Hawthorne) el padre de la literatura norteamericana. Pero con más exactitud debiera ser tenido como el padre del espíritu americano en poesía. Un hombre que creyó en los valores democráticos y liberales de la América de los pioneros, y que se dedicó a cantarlos, cantándose a sí mismo. Un lírico de la épica, enamorado de la libertad, de los camaradas y de un mundo nuevo.Borges -admirador y traductor de Whitman- lo expresó así: Creo que suele confundirse a Walter Whitman, el autor de «Leaves of Grass», con Walt Whitman, el protagonista de «Leaves of Grass», y creo que Walt Whitman no nos da una imagen del autor, sino una especie de magnificación del poeta.

Whitman (como Borges aunque de modo opuesto) fabricó un personaje literario -el protagonista de Hojas de hierba- que es un gozoso vagabundo por la América que se construye, como Borges fabricó a un viejo sabio vagabundo por los laberintos de una biblioteca.

Walt Whitman nació en 1819 en Long Island, junto a Nueva York. Su padre y sus abuelos ya vivieron allí. En 1855 (tras haber viajado por todo el país y ejercido oficios varios, el periodismo entre ellos) publicó por vez primera Hojas de hierba, su único libro de poemas, que fue incrementando a lo largo de su vida. Y que pasó desde la casi indiferencia de aquella primera edición, al acontecimiento celebratorio que constituyó la primera completa, de 1892, el mismo año de la muerte del poeta, que casi desde 1888 estaba prácticamente imposibilitado en su casa de Camden, New Jersey. La Guerra de Secesión, en 1862, conmocionó a un ya maduro Whitman que, sin embargo, se enroló en ella como enfermero, aunque no estaba con ninguno de los bandos. Cuando cae asesinado el presidente Abraham Lincoln -uno de los políticos en quien Whitman creyó de veras- escribió una hermosa elegía: La última vez que florecieron las lilas en el jardín.

En la tercera edición de Hojas de hierba (1860) Whitman incorporó una sección, Calamus, que hace más explícita su pulsión homosexual, muy masculinizante: el amor de los camaradas que comparten la vasta salud de América. Aunque su tono hímnico y reivindicador está lejos de cualquier literatura decadente, muchos miraron con sospecha moral pasajes como éste: Una visión fugaz me llega a través de una rendija, un montón de obreros y conductores en un bar, junto a la estufa,/en una noche de invierno; y observé, sentado en un rincón,/ a un joven que me ama y a quien amo, que se me acerca/silencioso y se sienta junto a mí... Por el nombre de esta sección se conoció entonces a los homosexuales, buscando prestigio, como calamitas.

Walt Whitman publicó, también, algunos volúmenes de prosa, como Jornadas en América -hablando fundamentalmente de sus viajes por el país- o Perspectivas democráticas y otros papeles, donde opina de literatura, de sí mismo, de Shakespeare, de Lincoln y de la libertad. Pero cualquier cosa que escribiera Whitman no es sino una apostilla a ese gran libro unitario (aunque dividido en muchas partes, Canto de mí mismo, la primera -tras las dedicatorias- ha sido acaso la más traducida) que constituye el todo intimista y épico de un hombre que creyó en el hombre y amó al hombre: Hojas de hierba. Whitman se presenta en los poemas (ya sabemos que, según Borges, se trataría de un personaje) como una suerte de maestro o predicador de la alegría, un monje laico, que exalta el homenaje al cuerpo, el gozo de estar vivos, el amor a los camaradas, la democracia política y una suerte de internacionalismo norteamericano, por ejemplo en el Canto a la tierra que gira. Un libro de exaltación de la libertad y el gozo físico, que encantó a Borges -su opuesto- al tiempo que (probablemente, de ahí su afán por ficcionalizarlo) no dejó de producirle el miedo a una realidad distinta.

El Mundo. CULTURA. Viernes, 19 de noviembre de 1999
LAS 100 JOYAS DEL MILENIO/NUMERO 86

"La plenitud reclinada",
Ángeles Cáceres
entrevista al escritor en su casa de Valencia (Febrero de 1992).
"Al cumplir la pavorosa deuda contraída", por José Carlos Rovira.

"Un español que piensa", por Emilio La Parra.