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Por
Elsa Arana Freire
Cuando
te enfrentas a un texto verdadero, tienes que caer en la subjetividad,
que es la fuente de todo acto verdadero.
La partida de Mauricio
Wacquez a España antes del 11 de septiembre de 1973 y sus esporádicas
visitas de carácter privado a nuestro país, dejaron su figura en
una nebulosa frente a los otrosexponentes de la llamada Novísima
Generación, grupo de escritores chilenos que actualmente bordean
los sesenta años. Poco antes de su muerte en septiembre del año
pasado, Wacquez logró llegar a un acuerdo con Editorial Sudamericana
para publicar, en su "Biblioteca Transversal" una extensa novela
que a la postre sería póstuma. "Epifanía de una Sombra", la primera
parte de una trilogía llamada La Oscuridad, reveló a un escritor
que alcanzaba su plenitud narrativa en la madurez de su vida. La
extensa novela - a la cual debiera seguir un segundo volumen que
alcanzó a terminar- es abiertamente autobiográfica, y buena parte
de los personajes que aparecen en sus páginas tienen sus correspondencia
real. Más allá de descubrir las claves que ayudarán a desvelar algunos
episodios importantes de la vida social y cultural de las décadas
del cincuenta hasta los setentas en Chile, su prosa trasciende con
largueza la mirada anecdótica y limitada de un memorialista o la
visión nostálgica de un cronista criollo. En esta conversación del
escritor con Elsa Arana entregamos una pequeña aproximación biográfica
de sus primeros años de vida transcurridos entre la hacienda Cunaco
y Santiago, además de algunos juicios sobre su obra literaria. Una
entrevista que "en esencia es un monólogo con algunas interrupciones
y preguntas puntuales, tan sólo aclaratorias", declara su autora.
- Eres un escritor
chileno con apellido extranjero...
- Soy un escritor chileno, pero claro, como todos los chilenos y
en general los latinoamericanos, soy más bien una mezcla de muchas
cosas. Mi padre era francés y viajó a Chile a enseñarles a los chilenos
a hacer vino. Era enólogo, de Burdeos, aunque él nació en una casa
de verano en Biarritz, de donde es la familia de mi abuela. La familia
de mi abuelo Wacquez seguramente proviene de Flandes y a su vez
de familias que pertenecieron a los tercios españoles de Carlos
V. De ahí puede ser esa rareza de mi apellido con doble v. Pero
investigar demasiado en mis orígenes me parece una pérdida de tiempo.
- ¿Tú eres hijo
de una segunda camada de tu padre?
- En primeras nupcias mi padre casó en Chile con una francesa, hija
de franceses medio belgas, cuyo uno de sus apellidos, o sea que
no tiene nada que ver conmigo, es de Warni, nombre este que yo he
elegido para el personaje de mi novela actual y de mi novela anterior
(Frente a un hombre armado). Genéticamente yo con Warni no tengo
absolutamente nada que ver. Son mis hermanos mayores (dos hombres
y una mujer) que nacieron respectivamente en 1909, 1912 y 1913,
los del apellido. Los chilenos de una cierta extracción social son
más o menos impuros y mestizos. Yo soy eso, hijo de un francés con
una chilena criolla de vieja raigambre.
- ¿Y quién fue
tu madre?
- Mi madre se llama Rosenda Arellano, una mujer bastante ilustrada.
Mi padre, que en realidad aparte de ser un lector bastante bueno,
nunca tuvo una preocupación por transmitirnos este gusto que tenía
por la lectura, en cambio mi madre sí. Ella era colchagüina y fue
en Colchagua donde se conoció con mi padre. El era un señor cercano
a los 60 años y fue mi abuela en realidad la que hizo el matrimonio.
- Cómo era tu
relación familiar. ¿Afectiva, distante...?
- Con mi padre tuve siempre una relación divina, pese a que era
casi 60 años mayor que yo, pero eso no me importaba. Yo sabía que
tenía una privanza por mí. Con mi madre fue una relación maravillosa,
en primer lugar porque ella me enseñó a leer. Es de los placeres
que yo conozco en mi vida, muy lejos, pero muy lejanamente relacionado
con el sexo. El placer sexual para mí es indecoroso al lado de la
maravilla que representaba leer. Comprenderás que no podía salir
otra cosa que un enfermo de la lectura como lo fui yo. En mi preadolescencia
llegué a leer novelones como "Por siempre Ambar" o una novela que
terminé traduciéndola, como es "Salambo". Estos eran libros de la
mesita de noche de mi madre. Cuando ella sabía que había demasiada
pilucha adentro, no me los dejaba leer, pero yo me los robaba y
los leía de todas maneras. Luego leí "El Caballo Audaz" y más tarde
a Vargas Vila.
- Aparte de tu
familia íntima, ¿tenías amigos, amigas?
- Yo fui un niño muy rebelde. Tenía un círculo de amigos que no
tenía nada que ver con mi mundo social: el hijo del mayordomo de
mi padre, el hijo del bodeguero, que eran niños chilenos maravillosos,
con ojotas. A mí me daba vergüenza andar con zapatos. Y andaba con
ojotas en verano y bien peinadito. Otro problema que yo tenía, aparte
del social, era que yo era rubio, pero rubio casi blanco. Me decían
rucio, caldo de choro y gringo, que era lo que me indignaba más.
Mis primos y amigos venían de Santiago y les daba los caballos más
malos y así me vengaba de esos señoritos santiaguinos. Yo era absolutamente
campesino.
El
misterio del lenguaje
- ¿Eras buen alumno
en el colegio?
- No, pésimo. Estudiaba cuando quería o cuando tenía que dar algún
examen, pero nunca repetí curso. Nunca en mi vida fui un jeune premier,
por suerte. Fui destacado alumno y el primero de mi promoción en
la Universidad de Chile. En Francia, mi diploma y mi doctorado era
Bien o Assez bien. Aparte de mi tifus, paratifus y problemas digestivos,
tuve un soplo al corazón a los 13 años. Mi recuerdo es que me parece
que me he pasado toda la infancia en cama, así que ahora estoy mucho
más alentado que antes. Allí fue el estallido de mi vida, porque
al mismo tiempo de convertirme en un escritor (creo que me convertí
en escritor en ese momento), me convertí en hombre, descubrí la
sexualidad.
- Siendo un hombre
de letras, ¿por qué eliges filosofía en la universidad?
- Precisamente por eso. Para mí hay cosas que son incomunicables.
Una de ellas es el misterio del lenguaje, el misterio de la literatura.
Es algo que, como experiencia profunda, nunca fue comunicable. Es
un arte que no se puede enseñar. Si yo hubiera creído que se puede
enseñar, habría estudiado español, castellano o letras. Pero las
letras son para mí un misterio tal, que preferí iniciarme en una
sabiduría, en una experiencia y en muchas disciplinas afines. Por
ejemplo, soy o me hice actor en la Universidad de Chile, pero de
noche. Y me recibí. Tuve una columna en mi vida que fue Magdalena
Lozano, mi maestra de pintura. Era una española republicana que
llegó el año 39. Con ellos empecé a estudiar la sociología, con
José Medina, un gran profesor que inventó la sociología en Chile,
la sacó de la nada y comenzó una enseñanza paralela. Yo iba a clases
de yeso, sobre todo con Israel Roa, o bien con José Balmes, en la
Facultad de Bellas Artes. Hacía cursos nocturnos sobre modelo fijo,
sobre esculturas, luego dos años de croquis sobre modelo vivo y
dibujos más rápidos, apuntes. Con mi maestra, pintaba naturalezas
muertas. Es decir, todo lo que se propone como valores de la pintura.
Por cierto que de aquella época, y por suerte, ya no existe nada
de eso, Se acabó todo.
- ¿Quiénes de
tus amigos tenían tus mismas inclinaciones literarias o vocación
de escritor, en esa época?
- Están todos vivos. Algunos han venido para acá. Federico Schopf,
de origen alemán; Skarmeta, de origen yugoslavo; Dorfman, que era
de mi quinta, de mi generación.
- ¿Estabas lejos
de la generación de Enrique Lafourcade?
- Esa es la generación del 50. Yo los llamo la generación de los
cincuenteros. Hasta que Juan Agustín Palazuelos dio origen y nombre
a mi generación, a los Novísimos. Los Novísimos nacen porque Pepe
Donoso, para arropar a su delfín que era Juan Agustín Palazuelos,
crea toda esta generación que es Skármeta, yo y otros tipos. En
un artículo de Pepe en la revista Ercilla, yo aparezco como autor
de un libro de cuentos y una novela terminada. Me saca una foto
terrible en que estoy entre estos escritores con mi libro debajo
del brazo. Auténtico. Este libro era mi primera novela: Toda la
luz del mediodía, de la cual muchos amigos todavía me dicen: Ay,
pero si esa es la mejor novela que tú has escrito. Nunca escribirás
nada mejor que eso. Entonces, lo único que piensas es en pegarte
un tiro.
La
Oscuridad
- ¿Cuándo te pones
a escribir "La Oscuridad"?
- El 82, hace 18 años. Pero para escribir diariamente, rutinariamente,
con disciplina, diría que desde el año 1992. Tomo todo el material
anterior y lo ordeno de alguna manera.
- Hablemos ahora
en general de tus obras.
- Hablemos de lo que he escrito. He escrito poco. No es que sea
un proyecto ad infinitum esto de escribir poco porque ahora termino
el primer tomo de una trilogía que ya tiene 800 páginas. Así que
no puedo decir que yo sea un escritor parco, pero lo he sido hasta
el momento. He sido parco y sobre todo muy autocrítico. De los libros
que he publicado no me arrepiento de ninguno. Es decir, tengo la
lucidez suficiente para darme cuenta que los dos primeros - Cinco
y una ficciones, cuentos y una novela, Toda la luz del mediodía-
, tienen todos los defectos de la premura, de la juventud. La narrativa
es un arte que necesita mucha experiencia, más que en cualquier
arte. Más que en la pintura. Y sobre todo, más que en la poesía
porque hay poetas que lo son porque lo tienen en los genes y son
tan buenos poetas, como por ejemplo Nicolás Guillén, cuya poesía,
aparte de la samba, no me dice absolutamente nada. Pero hay otra
poesía que es la poesía de los sentidos, la poesía voluptuosa, la
poesía de Neruda. El ejemplo del siglo XX es Pablo Neruda. Pero
para mí, como lector de poesía personal, me quedo con el tercer
nivel, que es la de Rainer Maria Rilke, la poesía de la reflexión,
de la metafísica, de los límites de la vida humana.
- ¿César Vallejo
no se aproxima a la poesía de Rilke?
- Sí, evidentemente y más joven que Vallejo, Enrique Lihn, que escribió
aquel verso repetitivo que termina diciendo: "porque escribí estoy
vivo". La narrativa es más un oficio o ejercicio para escritores
de experiencia. Estoy seguro de que cuando Radiguet escribió sus
dos obras maestras, sólo tenía 18 años pero una experiencia y sobre
todo una inteligencia para mirar la experiencia que lo convertía
en un hombre muy maduro, escritor maduro. Las grandes novelas se
han escrito por gente que ya tenía una gran experiencia, como por
ejemplo Stendhal y para qué decirte Flaubert, o Nabokov, quien escribió
Ada a los 70 años. Se nota cuando la experiencia está gobernando
ese tipo de arte.
- Pero si no hay
un primer peldaño, ¿cómo subes por la escalera?
- Poniendo el pie en el tercer peldaño. No te puedo decir otra cosa.
Y eso es lo que me pasó a partir de esos dos primeros libros. Cuando
ya era treintón, con un buen libro de cuentos que se llama Excesos
e inmediatamente con una de las novelas que más me demoré en escribir,
del año 68 al 75, en que se publica, que es Paréntesis, que tenía
o tiene 80 páginas. Y para que te lo diga de una vez y no me vuelvas
a preguntar, todos los libros que yo escribo, o casi todos, tienen
el 95 por ciento de autobiográficos. Podrán no reconocerse muchas
cosas pero yo las reconozco y sé a qué se refieren. Trato de que
los textos funcionen independientemente de lo biográfico. No son
buenos porque pertenezcan a una determinada vida, sino porque el
arte está referido a una cierta alquimia que produce la realidad
y que la realidad niega al mismo tiempo porque está convertida en
literatura. Así es que cuando yo repaso los cuentos de Excesos,
Paréntesis y luego las dos novelas siguientes (Frente a un hombre
armado y Ella o el sueño de nadie), me encuentro que representan
unos momentos definitorios de mi personalidad y de mi vida en general.
Eso no me impide inventar ciertas cosas, porque la invención es
parte del mismo juego, pero yo estaré siempre muy lejos de un genio
como Julio Verne, porque no es lo mío. En Frente a un hombre armado,
quise hacer un homenaje a un mundo anterior, en Francia. Allí se
juega con los elementos que se integran en la vida de mi padre,
pero claro, con mucha soltura, porque debía imaginarlo todo, porque
tenía pocos datos históricos. Resultó una novela bastante impresionista
como es Paréntesis, o un poco menos ya, Ella o el sueño de nadie,
que es una anécdota centrada en el colegio de los Maristas, donde
yo estudié. Allí ya hay un primer testimonio de lo que va a ser
la literatura para mí a partir de eso. Es decir, un poco más entendible,
realista, objetiva, que las novelas que había escrito hasta ese
momento. En toda esta visión algo más realista de mi literatura,
ésta se cuaja. Bueno, en realidad, en esta trilogía que estoy escribiendo
ahora, cuaja realmente todo. Aquí se manifiesta casi todo lo que
estaba larvado en mis escritos anteriores, pero especialmente casi
todo lo que estaba larvado en el personaje que se llama Mauricio
Wacquez.
- No utilizas,
sin embargo, a Mauricio Wacquez como el relator de primer persona.
- Claro que no. Pero está el narrador, testigo omnisciente de casi
todo. Hay un momento en que dice: "No crean que nosotros, un nosotros
vago, nos contentábamos con cosas pequeñas". Hay un hablante que
es el narrador, pero es un narrador que está muy cerquita del personaje,
del héroe de esta novela, que es Santiago de Warni, que en realidad,
el mismo Santiago no dice de Warni, sino Warni. En Latinoamérica
somos lo suficientemente libres para amarrarnos a grafís históricas.
Sería interesante en esta novela de La Oscuridad, dilucidar quién
es quién en la narrativa.
- ¿Eso a veces
suele resultar peligroso?
- Por ejemplo, por los apellidos. Ya sé que van a decir que es una
anfibología de Wacquez. Pero no lo es; es un apellido (Warni) de
la familia de mi padre. La anfibiología es lo que reemplaza a la
verdad o una interpretación libre. Y no es eso. Yo he tomado mis
apellidos, perdón, los apellidos de Santiago de Warni, de Santiago
Warni, son Warni Aránguiz, que ya no puede ser más mateo y Aránguiz
es lo más chileno de los chilenos y de lo criollo, criollísimo,
del siglo XVII. Cuando uno pertenece a esa gente vieja, tiene todos
los apellidos que quiera. Allí uno tiene casi todos los apellidos
chilenos. Lo de Warni te lo digo como un ejemplo, pero en toda la
novela hay un correlato con la realidad, que no es fruto de la imaginación.
Realidad
imaginada
- Diríamos que
tu novela "Frente a un hombre armado" y también "Ella o el sueño
de nadie", son como desgajos de esta gran novela que estás escribiendo,
como partes de ella que lo reúne todo.
- Sí, claro. Hay que darse con una piedra en el pecho. Es decir,
que todas las novelas son copias de todas las novelas. Son todas
capítulos de una misma novela, aquella que uno escribe durante toda
su vida. Si no tienes un temperamento demasiado ínclito en la política
o en la historia, se te verá el plumero de tu vida en toda la obra.
Las novelas de los escritores realistas, como por ejemplo La Colmena,
de Cela, una obra maravillosa, o incluso Pascual Duarte, representan
un esfuerzo por compartir la realidad vista con la realidad imaginada
y sobre todo, sentida, que es lo subjetivo. Lo objetivo pertenece
a un mundo que desconozco. Eso que los pobres del nouveau roman
dijeran que la celosía es la celosía y punto, yo no lo entiendo.
Por suerte siempre existirá el filtro del escritor. Y si quieren
hacer una novela verdaderamente objetiva, terminarán escribiendo
la guía de teléfonos. Porque todo lo subjetivo es un antojo. Cuando
te enfrentas a un texto verdadero, tienes que caer en la subjetividad,
que es la fuente de todo acto verdadero.
- Cuando empiezas
hace 18 años este libro que estas terminando, le pones varios títulos.
Vas cambiándolo. Pero el título genérico es uno solo, pero ahora
por su extensión y por otras razones, va a constituir una trilogía.
El título genérico es La Oscuridad. ¿Por qué La Oscuridad y cuales
son los otros títulos?
- La Oscuridad, porque es la única realidad que prima finalmente
en este negocio en el que estamos en la vida humana. Porque la Oscuridad
es la verdad. La vida no es más que un chispazo entre dos oscuridades.
Entre la vida prenatal y la muerte. Por eso es que el primer tomo
se llama "Epifanía de la luz", la aparición de una sombra en el
espacio. El segundo se llama "La costumbre de la luz" y el tercero,
"Del negro al negro", que describe un color otoñal entre el declive
de la vida y la muerte. Bueno, la luz es eso. Sólo veinte años el
del medio. El primero va hasta los 20 años. De los 20 a los 40 el
segundo y de los 40 a los 60 el tercero de los libros. Y ahí termina,
pero no finaliza con la muerte de nadie.
- Según tu tesis
o tu propósito, a los 40 años prácticamente se hace la noche. Tú
vas a cumplir 60 años dentro de pocas semanas y ahí no es la noche
la que te espera.
- Puede ser que lo que me espera es la noche y si no quieres hacer
cualquier gesto de entusiasmo, corre por tu cuenta y riesgo. Yo
no me sumo a la exaltación de la vida. El hecho de cumplir los 60
años no invalida la realidad del negro al negro. Ya hubo un negro
y va a haber otro negro que no sabes cuándo llega. Puedo escribir
diez libros entre medio, a lo mejor. A lo mejor no.
Mauricio Wacquez
falleció el 14 de septiembre del año 2000 a los 60 años de edad.
en El Mercurio,
25 de Marzo de 2001
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| La escritora
peruana Elsa Arana, antigua amiga y vecina del escritor chileno
en Calaceite, Cataluña, sostuvo una extensa conversación de
varias jornadas con Wacquez, el 30 de diciembre de 1999. Estos
son fragmentos de dicha grabación inédita. |
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