MAURICIO WACQUEZ. "Frente a un hombre armado"
Frente a un hombre
armado, frente a Juan de Warni, frente al chevalier, el aventurero,
frente a Mauricio Wacquez y su pluma poderosa, cargada
de la cultura como munición, del ejercicio estético, de la curiosidad,
del riesgo, de la explosiva mezcla de pasión, inteligencia y conocimiento.
Como si nuestra herencia cultural fuera impulsada a través de
una gruesa tubería en pulsos vertiginosos, donde los ensambles
rechinan y amenazan con descuajar la linealidad del acostumbrado
curso del pensamiento occidental. Wacquez se monta sobre la roca
culminante de sus lecturas y su pasión por la vida y desde ahí
clama a un cielo ciego, encapotado y terco. Se halla solitario
en ese peñón y desafía el viento que su insolencia despierta,
como una bestia herida que ha ascendido hasta el desolado promontorio
para descargar su furor.
CIENCIA Y BELLEZA
En
la novela lo hace disfrazado como el hijo de una familia próspera,
cercana a la nobleza, envuelta en la más correcta civilidad. Gente
de lustre e impecables costumbres. Es precisamente ahí, en el
centro de la aristocracia rural de la Europa del siglo XIX, en
medio de un arreglo plácido y sofisticado, aparentemente libre
de tensiones, donde Wacquez libera las fuerzas de su memoria,
donde la bestia escarba la carroña barrida bajo el colchón de
la molicie.
Wacquez
lo hace con las artes que su tradición cultural le ha brindado,
una prosa fina y precisa, brillante, erudita. A pesar de ser una
novela escrita hace ya veinticinco años, su lenguaje no resulta
anacrónico; por el contrario, llega al momento actual a renovar
nuestro lenguaje, a renovar el poder de sus armas. Sorprende,
por ejemplo, el conocimiento acabado de los temas más diversos
como la cacería, los procedimientos de guerra, la aviación, la
botánica, el paisaje chileno, el protocolo, la equitación, la
vitivinicultura y diversos procesos científicos. Cada uno de estos
tópicos es abordado con la soltura de un entendido, pero, y he
aquí lo sorprendente, con un lenguaje sometido al mismo ejercicio
de belleza verbal que impera en toda la novela. Demuestra, por
tanto, que el conocimiento técnico y científico puede ser bellamente
difundido. En cierto modo vuelve a los clásicos griegos y romanos
que aspiraban a conocer el mundo sin abandonar la poesía. Mauricio
Wacquez desafía el quiebre entre ciencia y humanismo que trajo
la ilustración y afirma la evidente convergencia de ambos en el
ideal estético.
Su prosa también
inunda de posibilidades el erotismo. Un erotismo cargado de cultura,
de verbo, de historia. Como si nos ofreciera una multitud de formas
para cargar nuestra sexualidad con las más diversas fuentes vitales,
el sexo se convierte en una culminación del hecho de ser humano,
en todo el ámbito de sus deseos, de hitos biográficos, de lecturas,
de nuestra realidad heredada y adquirida, de nuestros mitos.
La vida de Juan
de Warni, nuestro protagonista, culmina en el acto sexual. La
bestia grita de indignación y de placer. Se retuerce herida por
el arma que la penetra y la somete. Vocifera, pero no garabatos
y obscenidades como cabría esperar; de su boca brota, en cambio,
una síntesis de la memoria. Allí están el padre, la madre, el
amante de su madre, el hombre que ama, y está él y otro él, y
su deseo de poder y las fantasías de esa memoria que ya no es
más un pozo estático desde donde extraer recuerdos para recrearlos,
sino un plasma dinámico que se reinventa, que engaña, que se mueve
en el tiempo y la identidad. Todo lo anterior converge en el acto
sexual para convertirlo en una suma del hombre; y lo más admirable
es que lo consigue a través de un lenguaje límpido sin el más
mínimo asomo de vulgaridad o cursilería.
Los actos sexuales
en los que participa Juan de Warni, reales o imaginados, donde
es Juan y Alexandre, Juan y Juan, el príncipe y Lolo le Fou, el
príncipe y su madre, son caminos hacia la cima del promontorio
y dan curso respectivamente a la clave biográfica, la clave psicológica,
la clave del poder, a la clave edípica. Incluso, pareciera que
la novela en su totalidad intenta exacerbar el placer del lector,
ofreciéndose y luego ocultándose, mostrándose primero como un
hombre que se entrega desnudo, de cara al paredón, para que los
lectores, el pelotón, lo vejemos en serie antes de ajusticiarlo,
para luego girar y revelarse como un hombre armado pronto a disparar
contra nosotros.
En cuanto al
contenido, me concentraré en uno de los motivos principales de
la novela: "la angustia de no ser quien se debe ser" o "el deseo
de ser otro". Desde el "limbo de nebulosas y bochornos" que es
la infancia, crece a la vida un niño cuyas inclinaciones repentinamente
vislumbradas en la sonrisa de Alexandre, el ayudante de caza,
ponen en juego su futuro: "Estuve
a punto de comprometer fatalmente lo que mi abuelo, mi padre y
yo mismo esperábamos de mí. ¿Qué tenía ese mundo para que las
cosas se dispusieran al revés de lo que se me pedía? ¿Qué proceso
monstruoso, enfermedad o demencia hizo presa de mí, precisamente
en el momento en que yo debía cobrar todas las presas?". La desintegración
del futuro señalado lo hace caer enfermo: "Tendido en una silla
de reposo, en el fondo más oscuro de mi habitación, repasaba los
detalles de mi pasado, buscando la trizadura, el accidente que
me había convertido en ese personaje irreconocible. Por eso concebí
el proyecto de esta crónica, para averiguar en los pliegues menos
visibles de mi vida las razones que me arrojaron fuera de la órbita
trazada".
HÉROE COCINERO DE 1848
La mayoría de
las personas que han debido enfrentar la revelación de su homosexualidad
cuando niños se ha hecho esta pregunta. En rigor, quien se haya
enfrentado en su intimidad con una "diferencia" que ciertamente
acarreará el rechazo de los suyos ha exigido una respuesta a esta
cruel interrogante. La reacción del protagonista es brutal. Su
mente enfebrecida no le deja escapatoria: es un fraude para sí
mismo y para los demás. Brutal es también el pasaje cuando sale
de su aislamiento en Perier, la casa familiar, ya de dieciocho
años y se marcha a París. Durante las revueltas de 1848, toma
parte en la defensa de un club de la nobleza asaltado por una
turba, al cual lo han invitado sus primos. Dispara con precisión
de avezado cazador a la línea de avance; sin embargo, llegado
un instante, al caer en cuenta que el asalto tendrá éxito de cualquier
forma, cambia de atuendo con un cocinero, lo mata y bajo su nueva
identidad llama a los sirvientes del club a la rebelión.
Se juega la vida,
seguramente lo matarán, la proximidad de la muerte lo llena de
placer, por fin se librará de sí mismo. Sin embargo, los empleados
lo siguen, matan al mayordomo y degüellan a cada uno de los nobles,
incluso a sus parientes. Él es ungido por los exaltados como el
héroe de la jornada. Y en medio de tales vicisitudes, el personaje
reflexiona: "El ayer estaba al frente y me miraba con recelo.
Yo ya no era ése, sino el diseño de un futuro irrepresentable,
cualquiera y todos, aunque nunca más ese que me miraba con recelo.
El antiguo y torturado despojo que agonizó en una silla de enfermo
había desaparecido por un acto tan momentáneo como la muerte o
como ese vacío blanco que separa el orgasmo del primer juicio
coherente".
La peripecia
imaginada por el autor para liberar a nuestro protagonista del
lastre de su pasado se transforma en una lección de vida. Es una
muerte figurada, donde el Juan que debía ser y no podía ser, muere
para sí mismo y para los demás e inicia una nueva vida desde la
nada, desde el infinito de posibilidades.
Desde este exilio,
o mejor dicho, desde esta nueva patria, Juan nos hereda un nuevo
código de vida para seguir adelante, aquel que se hace imprescindible
cuando nos vemos enfrentados a un futuro desanclado del pasado:
"De esta manera, la patria, las orillas, la lengua, no han sido
más que momentos de las tantas patrias, lenguas y orillas que
he vivido. No quiero decir que haya pretendido nunca abandonar
el lugar de nacimiento. La prueba está en que hoy lo necesito
y lo busco. Pero, al fin, ese lugar no se abandona jamás si por
un territorio entendemos un recinto no mayor que un jardín, que
un corazón o que una inteligencia. El verdadero exilio es la ausencia
de claridad, la incuria, la estupidez. Para mí, la patria ha sido
muchas veces un rostro, una melodía, una llanura de olivos ventilada
por el aire lleno de celajes. También, y sobre todo, ha sido un
agua". El libro está lleno de hallazgos inteligentes y bellos.
He debido vencer la tentación de transcribir largos pasajes del
libro para ilustrar la profundidad y la elegancia de Wacquez al
reflexionar acerca de la "diferencia", sus causas y sus resultados.
No hay recetas, sino una intimidante lucidez que a veces hiere
y otras conforta. Sin duda, será mejor que los lectores tomen
el libro en sus manos y descubran los pasajes que a cada uno le
resulten significativos. En una frase, en un párrafo, puede estar
la clave para iniciar una íntima reflexión.
Subamos al promontorio
desolado junto a Wacquez y desde ahí gritemos nuestra indignación.
Invoquemos una nueva esperanza. La rabia y el descaro presentes
en este libro nos darán la fuerza para avanzar hacia un nuevo
arreglo social que mitigue el padecimiento de tantos que en este
preciso instante sufren solitarios, arrinconados, invadidos de
temor a sus padres, a sus hermanos, e incluso a sí mismos.