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Artículo de LUIS
ANTONIO DE VILLENA publicado en El País, 17/11/2007
París era hacia 1900, sin duda alguna,
la capital cultural del mundo. Afortunadamente era una ciudad cosmopolita
y liberal, entre otras cosas gracias al Código Napoleón, que no
perseguía a los pecadores sexuales, por más que la moral patriarcal
los viera mal o los condenara... En ese mundo pudo pasear Oscar
Wilde, el proscrito, y pudo abrir su salón una mujer multimillonaria
(también eso ayuda) que fue generosa, lésbica y promiscua, y que
aunque norteamericana de nacimiento, escribiría en francés: Natalie
Clifford-Barney. Ella fue una de las protectoras y amantes de Renée
Vivien, nombre literario (y por tanto verdadero) de quien nació
en Londres en 1877 como Pauline Tarn. De educación afrancesada,
mujer llena de pasiones y ansias de libertad, que siempre cuadraron
mal con la Inglaterra victoriana, la hermosa Pauline se instala
en París en 1899 -al alcanzar la mayoría de edad- para vivir su
apasionado romance con Violette Shillito. Esta amante mítica, para
quien ya era Renée Vivien, murió pronto, y la poeta (que escribió
toda su obra en francés) nunca olvidó esa palabra de tan dulces
matices, violeta, tan fácilmente localizable en su obra.
Guapa, rica y apasionada, el proyecto vital de Renée Vivien fue
resucitar el safismo, ser la heredera de la mítica (y real) Safo
de Lesbos, que había escrito una de las más bellas líricas de la
antigüedad griega, y que había creado en Mitilene un universo femenino
de sensualidad y de cultura, en el que fue la maestra. (Renée llegó
a viajar a la isla de Lesbos, como lo hicieron por entonces otras
lesbianas adineradas, con el afán de crear una suerte de ideal falansterio
de mujeres amantes de mujeres...).
Pero -por educación y tiempo- Renée pertenecía también al fin de
siècle y se había formado leyendo a Baudelaire (recordemos que éste
pensó como primer título para Las flores del mal, Lesbos) y también
a Verlaine y probablemente a otro de los casi olvidados jefes del
decadentismo, Maurice Rollinat. Asumiendo las formas ya hechas (que
no gastadas) del parnasianismo y del simbolismo entremezclados,
con lujos y ardencias, bacantes y noche, Renée Vivien sólo podía
construir una obra poética plena de vitalismo decadente, y no hay
contradicción en los términos. Su universo estrófico y verbal estaba
hecho (aunque nada desmerece en ella) pero le añade la novedad no
sólo del lesbianismo directo, sino del afán de recuperar la Antigüedad
cerca y lejos de Las canciones de Bilitis, de Pierre Louÿs, cuya
primera edición (que se pretendía traducción de un original griego)
es de 1894. Pero Vivien, ardorosa y noctámbula, debe más a Verlaine
y a Safo que a Louÿs. Renée tradujo las obras de Safo en 1903, utilizando
la edición inglesa de Wharton, publicada en 1895. Gide no puso a
Renée Vivien en su Antología de la poesía francesa (de 1949, obra
de un viejo ilustre pero muy lejano entonces a las estéticas de
su juventud), pero era más grave que no figurarse (porque es la
gran antología de su tiempo) en la más famosa y plurieditada, Poètes
d'aujourd'hui, de Van Bever y Paul Léautaud, cuya primera edición
es de 1901, el año del primer libro -Estudios y preludios- de nuestra
autora. Bien pudo figurar si entre la nómina de autores llegó a
estar Lucie Delarue-Mardrus, notable poeta menor que frecuentó asimismo
el círculo sáfico de La Amazona, como llamó Rémy de Gourmont a la
sacerdotisa de la Rue Jacob, miss Clifford-Barney...
Y es que la vida y la obra de Renée Vivien son un meteoro de pasión,
sinrazones eróticas, y ansias de vida y muerte. Falleció en 1909
-tras algún intento de suicidio- y en ocho años publicó ocho libros
de poemas, dejando dos más inéditos que salieron póstumos. La tarea
que ha hecho una poeta de hoy como Aurora Luque (también traductora
de Safo) antologando la obra lírica de Renée Vivien tiene mucho
de rescate pero también de descubrimiento para bastantes lectores
españoles. Vivien fue una poeta muy de su tiempo, sin novedades
y llena de novedades, de la misma manera que no existe contradicción
entre su angustioso afán vital y su morboso impulso tanático. Una
bella, necesaria (y cuidada) antología en la que sólo echo alguna
vez en falta una mayor presencia de asonantes en el texto español,
ya que el francés siempre es rimado, y no es posible olvidar del
todo esa música. Pero otro valor de Aurora Luque reside en contarnos
-y era nuevo y sutil entonces- que Renée Vivien fue más seguidora
de Safo que de Bilitis, pese a Baudelaire, a Verlaine, a Rollinat,
y más que a Rimbaud (en sus pocos momentos más rupturistas), quizás
a Charles Cros o a Tristan Corbière... Un brindis por la minoría
moral, en una poesía clásica, veraz y suntuosa: "Y en la sombra
florece, como un sueño perverso, / el abrazo armonioso de la amante
a la amante". Las mujeres de hoy pueden, sin duda, oír mejor a Safo.
Y a las bacantes sáficas...
Bibliografía
de Reneé Vivien.
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