XII (DEDICATORIAS)
Sé
que estás leyendo este poema
tarde,
antes de dejar tu oficina
de
la única lámpara amarillo intenso
y
la ventana que se va oscureciendo
en
la lasitud de un edificio fundido al silencio
mucho
después de la hora pico.
Sé
que estás leyendo este poema
parada
en una librería lejos del océano
en
un día gris del principio de la primavera,
débiles
copos arrastrados por los enormes espacios
de
las planicies a tu alrededor.
Sé
que estás leyendo este poema
en
una habitación donde demasiado ha sucedido
como
para que lo soportes
donde
las sábanas se enroscan estancadas en la cama
y
la valija abierta habla de huida
pero
todavía no podés irte.
Sé
que estás leyendo este poema
mientras
el subterráneo pierde velocidad
y
antes de subir corriendo las escaleras
hacia
una nueva clase de amor
que
tu vida nunca permitió.
Sé
que estás leyendo este poema a la luz
de
la pantalla del televisor
donde
imágenes sin sonido se sacuden y deslizan
mientras
esperás el noticiero de la intifada.
Sé
que estás leyendo este poema en una sala de espera
de
ojos encontrados y que no se encuentran, de identidad con
extraños.
Sé
que estás leyendo este poema con luz fluorescente
en
el aburrimiento y la fatiga de jóvenes contados,
que
se descuentan a sí mismos, a una edad demasiado temprana.
Sé
que estás leyendo este poema con tu vista debilitada,
los
gruesos
lentes
agrandando estas letras más allá de todo significado
y
sin embargo seguís leyendo
porque
hasta el alfabeto es precioso.
Sé
que estás leyendo este poema caminando por la cocina
calentando
leche, un bebé llorando sobre tu hombro,
un
libro en tu mano
porque
la vida es corta y vos también tenés sed.
Sé
que estás leyendo este poema que no está en tu idioma
adivinando
algunas palabras mientras otras te hacen seguir leyendo
y
quiero saber cuáles son esas palabras.
Sé
que estás leyendo este poema escuchando,
desgarrada
entre la amargura yla esperanza
volviendo
una vez más a la tarea que no podés rehuir.
Sé
que estás leyendo este poema
porque
ya no queda otra cosa que leer
ahí
donde aterrizaste, desnuda como estás.
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Porque
ya no somos jóvenes, las semanas han de bastar
por
los años sin conocernos. Sólo esa extraña curva
del
tiempo me dice que ya no somos jóvenes.
¿Caminé
yo acaso por las calles en la madrugada, a los veinte,
con
la piernas temblándome y los brazos en éxtasis más pleno?.
¿Acaso
me asomé por alguna ventana buscando la ciudad
atenta
al futuro, como ahora aquí, esperando tu llamada?.
Con
el mismo ritmo tú te aproximaste a mí.
Son
eternos tus ojos, verde destello
de
hierba salvaje refrescada por la vertiente.
Sí.
A los veinte creíamos ser eternas.
A
los cuarenta y cinco deseo conocer incluso nuestros límites
.Te
acaricio ahora, y sé que no nacimos mañana,
y
que de algún modo tú y yo nos ayudaremos a vivir,
y
en algún lugar nos ayudaremos tú y yo a morir.
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