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EN EL REFORMATORIO
a Inés de Borbon Parma
O era ella que al entrar a ese reformatorio por la puerta
de atrás veía
una celadora desmayada: calesas de esa ventiluz: Inés, en
los cojines
de esa aterciopelada pesadumbre, picábase: hoy un borbón,
mañana
un parma. La hallaban así, yerta: borboteaba. Los chicos se
vigilaban
tiesos en su torno-y unos se acariciaban las pelotas debajo
del bolsi-
llo aunque estaba prohibido embolsar los nudillos, por el
temor al
limo, pero se suponía que la muerte, o sea esa languidez de
celadora
a lo cuan larga era en el pasillo, les daba pie para ello;
y asimismo,
esta mujer, al caer, había olvidado recoger su ruedo, que
quedaba
flotando - como el pliegue de una bandera acampanada-a la
altura
del muslo; era a esa altura que los muchachos atisbaban, nudosos,
los
visillos; y ella, al entrar, vio eso, que yacía entre un montón
de niños
- y el más pillo, como quien disimula, rasuraba el pescuezo
de la
inane con una bola de billar; y un brillo, un laminoso brillo
se abría
paso entre esa multitud de niños yertos, en un reformatorio,
donde
la celadora repartía, con un palillo de mondar, los éritros:
o sea las
alitas de esas larvas que habían sido sorprendidas cuando,
al entrar
en la jaula, se miraban, deseosas, los bolsillos; o era una
letanía la que
ella musitaba, tardía, cuando al entrar al circo vio caer
ante sí a esos
dos, o tres, niños, enlazados: uno tenía los ojos en blanco
y le habían
rebanado las nalgas con un hojita de afeitar; el otro, la
miraba callado.
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