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  Nadan dos chicos
  Ambientada en Dublín, en el año previo a la Pascua de 1916, el momento crucial del levantamiento de los irlandeses contra el gobierno británico, "Nadan dos chicos" cuenta la historia de amor de dos muchachos. Jim es un estudiante ingenuo y reservado, el hijo pequeño de Mr. Mack, un presuntuoso aspirante a tendero. Doyler, un diamante en bruto, es hijo de un viejo compañero de armas de Mr. Mack.

Doyler podría haber tenido la misma vida que Jim pero sus padres le obligaron a trabajar mientras ideas blasfemas, socialistas y revolucionarias, bullían en su cabeza. El padre de Jim está seguro de que el futuro le sonríe. Su hijo mayor está luchando en el ejército y tiene planes ambiciosos para Jim y sus negocios. Pero Mr. Mack no alcanza a ver que el paisaje está cambiando, ni se da cuenta de la creciente amistad entre su hijo y Doyler.

Junto al acantilado donde suelen ir los hombres a bañarse, los dos chicos se encuentran día tras día. Allí sellan un pacto: Doyler enseñará a Jim a nadar y en el trancurso de un año alcanzarán a nado, atravesando la bahía, el distante faro de Muglins Rock, y reclamarán la isla para sí.

Jamie O'Neill (1962), autor de "Nadan dos chicos", nació y se educó en un pueblo del condado de Dublín y tras una larga temporada en Inglaterra, regresó a Irlanda. Ésta es su tercera novela, a la que dedicó diez años de su vida, años en los que trabajó como celador en una institución psiquiátrica de Londres.




Crítica de Joan Guasp


Se ha dicho de Jamie O'Neill que es el sucesor de James Joyce, Oscar Wilde y Flann O'Brien. Es posible. Pero no hay ninguna necesidad de buscarle antecesores, aunque sean de su propia cultura y de su país. Se basta por sí solo para acceder al Olimpo de la literatura contemporánea. Con esta su tercera novela da pruebas suficientes de su talento como narrador y de su particular estilo. Es cierto que la novela rinde homenaje a Oscar Wilde, pero no es wildeana, como tampoco tiene nada que ver con Joyce, mucho más seco y lapidario, ni de lejos con Flann O'Brien, quizá el más encantador y extravagante de los escritores irlandeses.

Los dos protagonistas principales de Nadan dos chicos viven una singular historia de amistad y de amor –más de amor que de amistad, aunque sea tan difícil distinguir uno de otro–, marcada por la revolución irlandesa de 1916. Es un tiempo de aprendizaje en todos los sentidos. Jamie O'Neill es un maestro en la descripción de situaciones límite, siempre atento a los sentimientos de sus personajes, incluso de los secundarios. La figura del señor Mack, el padre de Jim, uno de los chicos, está descrita con una precisión inmejorable: sus miedos, sus prejuicios, sus anhelos. Nada digamos de la pasión de los dos adolescentes, de sus temores, de su incertidumbre, pero asimismo de su valor juvenil y de sus ilusiones. El levantamiento contra el gobierno británico, ya en las postrimerías de la novela, es una explosión de grandísima literatura, precisamente porque acoge toda la sensibilidad personal y la tragedia colectiva que envuelve a los dos protagonistas. Y todo ello transcurre en un clima muy delicado, quebradizo tanto en su perspectiva moral como en el aspecto de miseria económica, tan evidentes en aquella época como en cualquiera. La grandeza del lenguaje diluye cualquier asomo de pedantería. Y eso que existen escenas peligrosas y voluntariamente atrevidas: una atmósfera de contenido homoerótico, explicitada en algún momento con excesivo detalle, pero con el suficiente lirismo, recorre este relato.

¡Cómo le gusta a O'Neill jugar con las palabras, incluso con las letras, convirtiendo en filigranas algunas frases a base de repetir palabras, vocales y, por qué no, también consonantes!

Podrá parecer que en algunos pasajes abunda en divagaciones gratuitas, pero no es así. No, porque es entonces cuando su prosa se vuelve más fascinante y poética, lo que el propio autor debe saber, ya que siempre se las ingenia para “encajonar” este material en el lugar adecuado. Además, destaca, al margen de su estilo, su falta de piedad con el género humano, su contundente audacia en la denuncia de la promiscuidad del hombre en muchas de sus aventuras cotidianas. Es cierto que cuesta digerir algunas acotaciones problemáticas aunque, una vez digeridas, el lector se da cuenta de su enorme “valor nutritivo”. Un juego, a menudo arriesgado, que O'Neill sortea con naturalidad. Tampoco le falta ternura. Más que a los autores citados, a mi me ha recordado la delicada prosa de Emmanuel Bové en su memorables Mis amigos e, incluso, el lirismo de Blai Bonet en su magnífica novela poética El mar.

Puede ser que sólo aquellos lectores dotados de profundas ansias de libertad puedan comprender en su amplitud esta gran obra. Pero deberíamos intentarlo. Al final de este extraordinario y exuberante relato –un final mágico y exquisito–, saldremos recompensados.




Una pasión con fondo de guerra

JOSÉ MARÍA GUELBENZU

Artículo publicado en BABELIA - 09-07-2005


Dar con una gran novela de un autor estrictamente contemporáneo es cosa tan rara como verdaderamente estimulante. Eso es lo que sucede con esta Nadan dos chicos, de Jamie O'Neill, irlandés nacido en 1962 que es, sin la menor duda, un escritor fuera de serie. Sobre la novela planean tres sombras literarias irlandesas convocadas por al autor. La de Flann O'Brien (At swim two birds) aparece ya en el mismo título original: At swim two boys. La de James Joyce corre, rigurosa y libremente asimilada, por todo el libro e incluso a veces con reconocimiento explícito, como sucede en el capítulo décimo. La de Oscar Wilde aparece como homenaje y referencia vital.

Ya desde la primera página la calidad y variedad de los recursos expresivos se manifiestan sin el menor pudor. Hay un narrador apenas perceptible que se mezcla con las voces y pensamientos de los personajes en tercera o primera persona, incluso en el mismo párrafo; hay diálogos objetivos que se entreveran como monólogos interiores; hay un notabilísimo empleo de las mezclas de tiempos sin recurrir al flash-back, pues se producen en el mismo plano narrativo sin solución de continuidad; lo mismo sucede con los tiempos verbales en la misma frase si es necesario (por ejemplo: "Pasó la página. Aquí está"); las voces son muy sonoras y definidas, tanto populares como cultas, y reflejan y diferencian personajes y actitudes, estamentos y pensamientos, con claridad y precisión; las imágenes literarias son concisas y se usan sin abuso, poseen convicción y un sugerente poder de síntesis (por ejemplo: "La nena dio un bostezo con forma de huevo mientras la puerta de la tienda se cerraba tras ella. El hogar, dijo el tintineo")... En fin, lo que corresponde a un escritor hecho y derecho y, por ello, dispuesto al riesgo.

La novela está muy bien concebida y estructurada a pesar de su extensión. Hay dos líneas paralelas aunque de distinta importancia; la primera desciende desde el personaje Scrotes, invocado por MacMurrough, a éste y de éste a los dos chicos, Jim y Doyler. La segunda mantiene en equilibrio dramático a estos dos chicos con sus padres, Mack y Mick. Como toda gran novela contemporánea, lo que ésta narra es la historia de un movimiento de conciencia, pero es un movimiento que afecta a los dos ejes antes mencionados, es decir: es un movimiento quíntuple (son cinco personajes, dos de los cuales pertenecen a ambos ejes) que está muy bien ensamblado gracias a la estructura del relato. Pero es que, a su vez, la historia se desarrolla en un doble campo: el personal y el nacional. Estamos en 1915 y 1916 en Irlanda. Es decir, en plena Primera Guerra Mundial y, además, en los preparativos y estallido del levantamiento de los irlandeses contra el Gobierno británico, que se cumplirá al final del libro. La mirada de O'Neill trabaja desde los dos chicos y sus circunstancias personales, aunque también se ocupa cuidadosamente de trazar el resto de los caracteres principales y lo importante es que, a medida que la relación entre los dos chicos va avanzando y arrastrando con ellos a las demás individualidades de la historia, el campo social se va dejando ver cada vez más ampliamente; primero, como estampa de fondo, después como escenario complejo y, finalmente, como un gran fresco en el que los personajes no sólo no pierden nitidez sino que alimentan con su pensamiento, su conciencia y su evolución ese fresco nacional. Sólo entonces podrá introducirse el autor, sin miedo a difuminar personaje alguno, en la rebelión nacionalista irlandesa de la semana de Pascua de 1916.

La historia central es la relación homerótica de los dos chicos, contada con pausa, elegancia y verismo. O'Neill marca tres escalas: la de Scrotes, así llamado por McMurrogh, un viejo profesor oxoniense ya fallecido que inició a MacMurrogh en la homosexualidad y que representa la parte más turbia, marginal y escondida del deseo; de ahí baja a MacMurrough, condenado en Londres como Wilde y devuelto tras dos años de prisión a Irlanda, un hombre atormentado a medio camino entre la conciencia y la corrupción y, finalmente, Jim y Doyler, que, en distinto grado, poseen la inocencia del descubrimiento del amor. Esta escala vertical se cruza en muchos puntos de su extensión con los padres, la tía de Mac, la novia del hermano de Jim cuya ausencia es harto valiosa expresivamente, la impagable tía Sawney y algunos más. Incluso diría que no hay secundario que falle porque todos, aunque lo sean por un par de pinceladas, están muy bien definidos. El conjunto del cuadro es realmente impresionante.

Está también Irlanda. El catolicismo irlandés y el peso de la Iglesia católica sobre la sociedad hará muy sugestiva la lectura del libro para los lectores españoles, más especialmente para los que hayan conocido los años del nacionalcatolicismo hispano. La carga satírica de O'Neill es fuerte, pero precisamente por satírica atempera la tentación de ridiculizar y permite desplegar una realidad contundente. "Nuestra lengua materna", dice el padre Taylor, convertido en O'Táighléir por las circunstancias patrióticas, "que no puede hablar si no es para alabar a Dios" no es obstáculo para que lo irlandés vaya surgiendo de los personajes como asunto complejo y plural mientras el deseo de libertad e independencia, lineal, unívoco, se compadece con la equivocidad de las personas concretas. De resultas, la visión de Irlanda se aleja fecundamente del simplismo nacionalista sin perder un ápice de su deseo de integridad nacional. En resumidas cuentas, una novela redonda, honda, sugerente, llena de sentido, bien armada y mejor escrita cuya extensión esta vez sí que se agradece porque cuando el talento literario se extiende, uno desea que no acabe nunca.


Jamie O'Neill