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  El látigo y la pluma
 

El periodista Fernando Olmeda -presentador de los informativos de Telecino- relata en 'El látigo y la pluma' las difíciles vidas de muchos homosexuales, mientras describe los engrasados mecanismos de persecución y castigo del régimen franquista.

Su objetivo, "devolver el honor robado" a todos aquellos que fueron ultrajados en tiempos del dictador por su opción sexual.

A través de conversaciones con algunos de los protagonistas -muchos con sus nombres y apellidos, alejado ya el fantasma de la persecución, y otros, todavía, bajo nombre supuesto-, Olmeda retrata con crudeza, pero sin hacer concesión alguna al morbo o al dramatismo, el transcurrir de 40 años de discriminación, hipocresía y clandestinidad. En sus páginas se huele mucha vergüenza, pero también hay grandes ejemplos de superación personal y toneladas de sinceridad refrescante.

El autor comienza y termina su libro con dos parejas de retratos. Los dos primeros reflejan la España fascista de la posguerra y los dos últimos, el fin de una época de represión y condena. "Salí del armario cuando salí del coño de mi madre", declara a sus 80 años Manuel Granda, 'Pirula', quien nunca ocultó su condición y sobrevivió a múltiples detenciones en las cárceles de Franco. José Luis Amarilla, otro superviviente, fue bailarín y llegó a actuar dos veces ante el Generalísimo y su señora.

"En la España de Franco ni había ni podía haber maricones", explica en el prólogo el también escritor y periodista Rafael Torres. Tras la Guerra Civil, el modelo de hombre era el de 'mitad hombre, mitad soldado' o, como destaca Olmeda, "España era un país castrense y castrado" cuya seña de identidad se reducía al "machismo orgánico".

Ley de Vagos y Maleantes

Mediada la década de los cincuenta, se endurece la Ley de Vagos y Maleantes, "que considera al homosexual peligroso 'per se', se le priva de libertad y se le somete a vigilancia para salvaguardarle de sus instintos degenerados", explica el autor. Reveladora resulta al respecto la entrevista que Fernando Olmeda mantiene con un policía de la época que aparece con un nombre supuesto. "¿Mandar a un maricón a la cárcel? Yo, jamás", asegura. Olmeda recurre a otra galería de personajes para retratar la época: un sacristán que se resiste a poner nombre a su identidad sexual, un poeta que comenzó afiliado a la Falange. También enumera los 'aliviaderos públicos', los lugares donde se refugiaba el 'pecado nefando': descampados, saunas, los últimos vagones del metro, los lavabos de salones recreativos, centros comerciales y estaciones de autobús. Un capítulo especial merece el cine Carretas de Madrid, que cerraron el sida y los robos, y ahora es una sala de bingo.

Escaso espacio ocupa en el libro el lesbianismo, reflejo también de la mayor invisibilidad de las mujeres homosexuales. De hecho, asegura el autor, muchas mujeres ni siquiera tenían conciencia de ser lesbianas, que carecían de modelos autóctonos. Mientras "los hombres frecuentaban bares, saunas, bailes", las mujeres "permanecían en las catacumbas de su individualidad", reflexiona el periodista. Casi el único ejemplo de lesbiana militante que aparece en la obra es el de Empar Pineda, que durante muchos años casi aparecía como la única mujer abiertamente lesbiana del país.

En los setenta se promulga la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, "un instrumento represor de primer orden, porque, al no tipificar delitos, no imponía penas, sino medidas de seguridad para regenerar a sujetos peligrosos". Según las cifras de Fernando Olmeda, un millar de homosexuales fueron encarcelados entre 1970 y 1979 en aplicación de la ley. Entre ellos, destaca, "había muchos peluqueros y pocos estudiantes", la mayoría "prostitutos y afeminados que hacían ostentación pública de su opción sexual". La tolerancia era mayor para los artistas e intelectuales. Muchos de ellos terminaron en el Centro Penitenciario Asistencial de Huelva, que se convirtió en una cárcel para gays.

Despertares

Pero fue también entonces cuando los homosexuales empezaron a hacerse notar en una sociedad española que se abría al resto del mundo y despertaba de 40 años de letargo. Hablan la canaria Rosario Miranda, nacida Domingo Regalado, y Paca la del Puerto, el primer travesti del país. Aparecen los transexuales, "carne de cañón para terarpias aversivas y constantes agresiones sexuales". Entre 1970 y 1975 nacen el Movimiento Español de Liberación Homosexual y el Front d'Alliberament Gai de Catalunya.

Los homosexuales comienzan a ocupar espacios de la vida ciudadana, 'La guía del ocio' incluye una sección de contactos gay. La pareja de retratos con que Olmeda cierra 'El látigo y la pluma' son los de Antonio Roig, el carmelita que quedó finalista del Premio Planeta en 1976 con 'Todos los parques no son un paraíso' y fue expulsado de la orden por el contenido homosexual de la obra, y el de Antonio Ruiz, condenado sin juicio tras serle abierto un expediente de peligrosidad que no consiguió destruir hasta 2001.

El punto y final del libro lo pone el autor con una advertencia: la homofobia sigue vigente en España (pone como ejemplo cinco agresiones callejeras a homosexuales). Y un desafío: la igualdad.