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"Hace
tres años"
En
las tardes grises y ventosas de invierno,
me pongo la chamarra gruesa de piel
sobre el suéter.
Y salgo a comprar petróleo
para el calentador
mientras el gran árbol redondo
abre su seco abanico de coral
sobre las azoteas;
pero
al cerrar las amplias tardes de verano,
cuando las noches son tibias
y el árbol apenas se mueve
pesado de hojas
y lleno de pájaros ocultos,
busco la manera de salir casi desnudo,
casi descalzo,
y
por el camino en penumbra,
donde brillan las luciérnagas,
espero a que pase aquel muchachote,
entrenador de gimnasia como yo,
compañero,
de grandes manos pesadas
y pelo de soldado raso,
aquel que hace tres años
se abrió para mí aquí mismo la bragueta
dejando ver que se había rasurado
escrupulosamente los vellos
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(Estos poemas aparecen en una recopilación
de poemas homo titulada "Malas compañías")
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"De
hombre a hombre"
Debemos hablar
de hombre a hombre,
le dijo en la cantina a su amigo
el día caluroso en que celebraban
con cervezas y ceviche
el primer aniversario
de haberse conocido;
la verdad,
yo no soy puto,
aquella vez
en los baños Jordán,
pues... yo andaba caliente
y tú tienes muy bonitas nalgas;
además,
mientras te inclinabas sobre la banca de masaje
a lavarte los pies,
se te abría el culo rosadito
en el que tienes tan poquitos pelos
y,
pues uno es hombre,
por eso te seguí al cuarto de vapor
donde te gocé de prisa
y mirando de reojo la puerta cerrada.
Dos veces te la saqué con sobresalto
y disimulamos
mientras el otro volvía a salir.
Pero ya en el taller me hacen burla
los muchachos,
pues sólo me ven contigo;
un día tendré que pelearme,
no se la empiecen a creer de veras,
y la hija del patrón me coquetea,
así que voy a probar suerte con ella.
Sobre todo -dijo mirando su cerveza-
ya hace un año y...
-la voz se le quebró un poco
y los bonitos ojos negros le brillaron más
con unas incipientes lágrimas-
no me vaya yo a encular de ti,
así que ya le paramos.
Pareció que el ruido de la cantina
se hubiera apagado
y la deslumbrante luz del mediodía
sobre las paredes pintadas
de un horrible azul de aceite
se llenara de pequeños arco iris.
Cuando se abrazaron llorando,
tirando las botellas vacías,
el mesero recibió la orden del cajero:
no les sirvas a la ocho
porque ya están pedos.
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