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La plenitud reclinada

 

ENTREVISTA A JUAN GIL-ALBERT

«Me encuentro conmigo mismo a través del tiempo: con el amor, con la ilusión, con la juventud…» 

Subimos a su casa cuando la tarde dobla en Valencia y disipados adolescentes despliegan invisibles alas de Afrodita, asaltando las aceras. Todo tiene lugar como al polvillo nacarado de sus alas conviene, como a su escaso cuerpo le permiten las alas: el té enfriado en las tazas, pospuesto y olvidado ante el gozo de la palabra; la sesión gráfica, atravesada por la risa abierta del escritor alcoyano-alicantino y universal, Juan Gil-Albert, cargado de sentido del humor; la presencia silenciosa, casi egipcia, del gato; los retratos familiares, trascendiendo la muerte para acomodarse alrededor de la mesa camilla. Sólo fotografías, por favor –nos habían dicho-; se fatiga al hablar. Pero ha sido mucho más. 
 

Tiene cerca de noventa años y sufre las servidumbres propias de la edad: una cadera rota que le obliga a utilizar silla de ruedas, el trallazo del Parkinson –herencia familiar- agitándole las manos, como nardos temblorosos en medio de un huracán; ciertas ráfagas de brumas aleteando apenas sobre las sienes, para emborronar el cerebro unos segundos. Pero qué importa, si está ahí, tan vivo. Sigue siendo sutil; delicado; elegante; esencialmente bello. Y coqueto. 


- Está usted guapo, don Juan. 


Y le brota el humor, como una chispa luminosa:  - Feli, estos señores que vengan a merendar siempre que quieran, ¿verdad? 


Del salón emana una cierta atmósfera de museo; en el sofá, su clara efigie al óleo descansa apoyada en el respaldo, flanqueada por dos ejemplares monográficos de «Anthropos» dedicados a su obra y a su vida: compromiso, guerra, campo de concentración, exilio, fidelidad a sí mismo, coherencia, clasicismo de estilo, valor. Gil-Albert, la anarquía y el orden; la heterodoxia vital, la belleza, la pureza griega del amor, la concepción estética de la existencia, el ala y transparente de una disipada mariposa. Pero el mito es de carne todavía y se regocija, se divierte jugando con la gloria. Me toma de la mano, confidencial: 
- Un día, al entrar, vi todo eso ahí puesto. Qué ocurrencia más rara, ¿no le parece? Y lo dije: ¿pero qué hacen esas cosas encima del sofá? 

No viene al caso intentar una entrevista clásica; ni tampoco procede. Todo está dicho sobre Gil-Albert, escritor y poeta: Premio de las Letras Valencianas, Medalla al Mérito de Bellas Artes, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante, Hijo Predilecto de Alcoy… y tantas cosas más. No pienso torturarlo con una inquisición profesional de datos, fechas, nombres o títulos. El reto es penetrar en este otro mundo mágico de permanencias, de retornos al pasado, de suspiros, quejidos, aislamientos, entregas… 

Me martillea la imagen –transmitida verbalmente por unos amigos comunes- de una mañana de domingo en su casa alcoyana de El Salt: Juan Gil-Albert al regreso de Argentina en la plenitud de su vigor, apareciendo recién despertado en lo alto de la escalera, cubierto sucintamente por un pijama de seda blanca (eran los últimos años cuarenta de la España hosca y pretendidamente recia); parecía –me cuentan- un lirio arrogante, una paloma translúcida e irreal. 


- ¿Es difícil ser un mito, vivir con la gloria a cuestas? 
- Hombre, no creo… no sé. Yo, por lo menos, no me siento un mito. Me encuentro muy normal y muy a gusto. Eso de los mitos siempre está unido a otros elementos que no son únicamente la fama, ¡bueno! Quiero decir que hemos conocido una época tan especial, y tan… 

- Se siente querido por los alicantinos, por los valencianos…? 
- Yo creo que sí, pero no hay que olvidar que ha pasado mucho tiempo –y además, qué tiempo, ¿verdad?- de cosas, de cambios, de luchas… tremendo, un tiempo tremendo. Pero yo encuentro que sí me quieren , aún; no sólo por lo que yo haya escrito, ni por mí, sino por mis padres también, que los pobres, ya desaparecieron. 
Le flaquea la vista y no alcanza a leer por sí mismo, ni del elaborado placer de releerse. Su sobrina Mariana, o Feliz, o sus amigos, lo hacen en voz alta, por él. 

- Sé que es una pregunta estúpida, pero ¿hay alguno de sus libros al que prefiera sobre los otros? 
- Así, de momento, me hace usted una pregunta que tiene difícil contestación… Pues verá, todos. Me gusta que me lean cualquier libro mío; los quiero a todos, porque todos están llenos de mi vida, de anécdotas, de sentimientos… fíjese usted, es como esta habitación, que se conserva idéntica, sin tocar nada, sin mudarlo de sitio porque yo quiero que esté así; porque es mi vida, mis padres, mi hermana Tina, mis amigos, mi juventud, mi trabajo, mi literatura… Así es que, cuando un día entro y veo ese escaparate del sofá, les digo, ¿pero qué es esto? 
(Y se echa a reír, una vez más, condescendiente con la admiración de los que le rodean, pero a la vez burlón). 

- ¿Este es un cuarto mágico, don Juan? 
Abarca una ojeada al recinto donde se acumulan, ordenadamente y cálidas, las claves públicas y secretas de sí mismo e inmediatamente me mira a los ojos, marcando el pulso justo del diálogo: 
- ¡Pues claro! ¡Claro! 


- ¿Recibe muchas visitas? 
- Me ha visitado mucha gente, ¿verdad?, pero ahora están… vienen menos, porque como realmente, todo el mundo tiene sus ocupaciones,  y yo, ya… bueno ¿me comprende?, esto es normal. Es normal. 


Sinuoso, casi subrepticio, penetra en la habitación un gatazo hermoso para acomodarse junto a la estufa. 


- Hay dos. Este fue un torbellino que no había quien lo sujetara, pero ya está más serenado. Igual que yo. 
Y, sin solución de continuidad, saltándose a la torera la realidad de que el eje de la tarde es él, quiere enterarse bien de lo que le rodea: 
- ¿Ustedes son de Alcoy? 
- No, de Alicante. 
- Ah, bueno… ¿Y no nos habíamos visto antes? 
- Nosotros a usted, sí, claro, muchas veces. 
- ¿Y este señor es su marido? 
- No, don Juan, es el fotógrafo, un compañero de trabajo. 
- Pues, ¡qué lástima! ¿verdad? 
Y estalla en risas, absolutamente contagiosas. (Dónde dicen que está el anciano fatigado?). 

- ¿Qué piensa de la España actual? 
- No le podría decir, y creo que tampoco quiero hacerlo. No estoy llamado a opinar ahora sobre estas cosas… ¿Qué le puedo contestar? Que se ha deshecho y se ha vuelto a hacer… sí, bueno, pero eso era antes ¿verdad?, yo ahora, no yo… yo, lo que tenía que decir está ya impreso ¿comprende? Así es que a mí  lo único que me importa ahora, es que no me modifiquen nada de esta habitación; y, efectivamente me la conservan intacta. Porque, ¿ve? Aquél es mi padre, mírelo, qué erguido, qué sereno; aquélla, tan guapa, mi madre. Y ésta es Tina, mi hermana, ya, también, desaparecida… Pero, en esta habitación yo estoy con ellos. Yo me reúno con ellos, vuelvo a vivir. Me encuentro conmigo mismo a través del tiempo: con el amor, con la ilusión, con la juventud... Los tengo a todos. Lo tengo todo. 


- Don Juan… ¿se acuerda de Alcoy? 
- Pues, Alcoy, era por completo hermoso: mi primera infancia. Luego, el Salt fue como un núcleo, como un refugio en la montaña para vivir hacia dentro. Alcoy, sí… lo recuerdo mucho, y hace tantísimo tiempo que no voy. Pero, ¿sabe?, también está dentro de esta habitación. Feli, dales el libro último que me han hecho, el que tiene tantas fotografías, para que vean cómo era yo en Alcoy. Y que se lo lleven: los libros son para tenerlos, no para verlos nada más. 

Llega Arturo Zabala, amigo permanente, a compartir el té. Recuerdan, él y Feli, los últimos viajes con Juan Gil-Albert para realizar lecturas de su obra, para recibir homenajes. Feli, presencia invariable durante cuarenta y tres años desde la admiración, el respeto, el cariño, el hogar. Le besa, impulsivamente, la cabeza, y se disculpa: ¡es tan bonico! 

Lo es. Desprende una ironía dulce, una resignación exquisita frente a la exigencia de la cámara: 
- Que sí, que yo cojo un tomo de mis obras completas que sujeto como usted quiera el libro, pero lo que le estoy diciendo es que yo, sin gafas, estoy casi ciego y eso se va a notar en la foto. Y, además, se nos enfría la merienda. 


Le gusta el té con leche; lo bebe con pajita, para evitar salpicarse si la oscilación de la mano mueve la taza en demasía. Pero sujeta las pastas con firmeza, las degusta con fruición, con el mismo gozo  hedonista con que supo, y quiso, y se atrevió a degustar la vida. Vuelve a tomarme la mano para llevarla a su rodilla izquierda: 
- Es aquí, ¿sabe usted?, esto me duele mucho desde la caída, que fue tremenda. Así es que tengo que dejar que me trasladen y me muevan de un lado a otro. 


Fue hace dos meses. Terminaba de arreglarse para salir a pasear cuando cayó, dentro aún de la casa. Los médicos aventuran que pudo ser una rotura súbita del hueso, frágil y quebradizo por la edad, lo que provocara la caída, y no al revés. El golpe le ha supuesto, sin embargo, un alivio sensible en los síntomas del Parkinson. Probablemente no haya razones científicas para avalar la mejoría, pero el pragmatismo de Feli lo confirma: mírenlo, miren qué buenas trazas tiene para comer; si lo dejáramos, acababa con los rolletes del plato. 


Entrañable… tierno. Doméstico. Sencillamente humano, en un plano contrapuesto al Gil-Albert de las bibliotecas; el otro, el de andar por casa, el que acaricia suavemente al gato en el silencio cuajado de ecos de su habitación mágica. Conservando hasta el final las señas de identidad: dice Feli que, en el hospital, le pidió un espejo para poder arreglarse el pelo a su gusto y no presentar mal aspecto. Desde aquel día, se refiere a ese mismo espejo como «el retrato de su padre»; ironía suprema, elegancia magnífica. No desciende a explicar que no es confusión mental de viejo el reconocer al padre en su propia imagen físicamente deteriorada; tampoco explica por qué a veces, llama «madre» a la amorosa y entregada Feli. Se queda mirando al vacío unos segundos, en suspenso: viaja en el tiempo. Cuando regresa, ironiza, aclara una duda o ríe a carcajadas. Soporta la edad con una dignidad inmensa: la sobrevuela. 


Arturo Zabala desgrana anécdotas de Gil-Albert en Alicante, con José Carlos Rovira; de sus comidas en El Delfín, donde los camareros le animaban a levantar la casa de Valencia e instalarse en Alicante definitivamente. En Alicante –cuenta Feli- estuvo viviendo mucho tiempo, en su mente; salíamos de paseo y me decía: qué iluminado está esto, casi no lo reconozco, ¿y la Explanada? Y en Alicante –dice Arturo Zabala- van a publicar ahora las dos primeras novelas del escritor, «Vibración de estío» y «La fascinación de lo irreal», que no aparecen en los primeros volúmenes de su obra completa, porque él mismo prefirió no hacer una selección cronológica. 


- ¿Vale la pena dedicar la vida a escribir, aunque la gloria llegue a los setenta años? 
La respuesta es monosílaba y rápida. Rotunda. 
- Sí. 


Su trayectoria respalda, punto por punto, la afirmación. Los primeros libros, autoediciones. Extensos paréntesis de silencio editorial, y trabajo: en el campo alcoyano; en Latinoamérica; en el mínimo habitáculo de su casa de Colón al que la familia llama humorísticamente «la celda», durante tantos años de ostracismo profesional. Horas. Días. Noches. Escribiendo, siempre. 


- ¿Qué le diría Juan Gil-Albert a alguien que empieza a escribir? 
La grabadora recoge un prolongado espacio de silencio. ¿Es un brochazo de bruma? ¿He planteado la pregunta demasiado rápida, o excesivamente baja de tono? Qué tontería: el escritor, simplemente, meditaba la respuesta exacta, una respuesta total. 
- No le diría nada. Porque, si ha empezado a escribir, ya sabe todo lo que yo pudiera decirle. (Y ríe suavemente). Claro. 
No me puedo callar. 


- ¿Pero no decían que le costaba trabajo coordinar las ideas? ¿O es que esto no es pura lucidez? 
Y salta la anécdota: 
- El neurólogo que lo trata, como conoce los antecedentes de Parkinson en la familia –su propio padre, la tía Vicenta…-, en la última visita lo sometió a pruebas muy rápidas, encadenadas: quiénes éramos los que estábamos allí, el año, el mes, el día, la edad que tenía, los títulos de sus libros… Don Juan le fue respondiendo a todo, y al final le soltó: si llego a saber esto, me preparo con tiempo, hombre. 

Disfruta viendo llover. En el hospital, recién operado de la rotura de cadera, hizo que trasladaran su cama junto a la ventana para poder mirar el jardín bajo la lluvia. Se rodea de estética -reflejos, cuadros, luces, presencias- para encajar sin esfuerzo en el entorno. (Está seguro de que él mismo es decantada estética). Me alarga, temblorosos los dedos, un libro abierto por una página concreta, marcada de antemano, y me indica que lea. Es su «Homenaje a la vejez». 

Nunca pude pensar que envejecernos 
fuera esta plenitud que se reclina 
del lado del poniente como tarde 
ya en la noche avanzada nos volvemos 
por consumir el suelo que nos queda 
con postrer frenesí… 


Fuera, la tarde ha devenido noche levemente, sin estruendo, como en un fragmento perfecto de cualquiera de sus obras; yo tengo un nudo irremediable en la garganta. Un soplo de olvido (¿O de recuerdo?) vuelve a poner en sus labios la pregunta: 
- ¿Y, ustedes, vienen de Alcoy? 
En ese momento Carratalá, que está cuajado en el oficio, se me adelanta para responderle: 
- Casi, don Juan: de al ladito mismo de Alcoy. 


Y se lía como loco a disparar la cámara aceleradamente –dos, tres, cinco, siete veces- para encerrar en ella las retamas, las adelfas, los molinos, los juegos, el amor, la pasión, la madre, los barrancos, la montaña… todo lo que aflora, como una eclosión de mariposas multicolores, en el rostro súbitamente ilusionado, milagrosamente rejuvenecido, de Juan Gil-Albert. 

Diario Información, martes, 5 de julio de 1994.

La periodista Ángeles Cáceres realizó para INFORMACIÓN en febrero de 1992 una de las últimas entrevistas al escritor en su casa de Valencia, donde falleció.

Este esel texto íntegro de aquella conversación en la que el escritor, entrañable, tierno y lleno de humor, habla de sus recuerdos de Alcoy, de cómo se siente querido por los alicantinos y valencianos y de su manera de llevar la enfermedad.