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El escritor
crea su capacidad para reconocerse en las palabras, y a la vez, se
siente ajeno a ellas, son un reflejo del otro. Reconocerse en lo escrito
es el más íntimo de los ejercicios, pero de igual modo, el más alejado
de uno mismo. Lo vivido y lo sentido dibujan nuestro rostro en los
demás, y así podemos de nuevo contemplarnos. Hay obras que asumen
esta intención: nacen del ser interior, hacen de la escritura vida
propia, se enfrentan a la realidad exterior desde la verdad de lo
íntimo. Todo puede entonces ser expresado, desde lo más personal de
la experiencia, hasta lo más trivial y accesorio. Cualquier manifestación
de vida alcanza así un sentido de totalidad.
La obra de Juan Gil-Albert (Alcoy, 1904-Valencia, 1994), es ejemplo
de esta escritura. Joan Fuster afirmó que «es el mejor poeta valenciano
del siglo, y de más siglos, en castellano». Pero Gil-Albert, que se
sabía poeta tardío, reconoce que llegó a la escritura poética «para
que no se poetizara mi prosa», una prosa en cuya intensidad nació
su voluntad de escritor.
Sus primeros libros se mueven entre la narración y la evocación, la
reflexión y la crítica. Quizás por eso, como su poesía, su gran obra
en prosa sea de las más memorables de siglo, pues de ella surgen algunos
de sus libros mayores: desde Los días están contados (1974)
hasta su obra maestra Crónica general (1974); desde Valentín
(1974) hasta muchos de los fragmentos y aforismos de Breviarium
vitae (1979).
Gil-Albert se sabe protagonista de lo escrito, de una historia que
tiene como actor principal a un Yo, con mayúsculas, que como él mismo
dijera, es el mundo entero. Ese es su centro, de eso hablan sus obras,
de su fidelidad a sí mismo y a su reflexión vital, esa es la realidad
que deja en manos del lector.
Una nueva edición de Breviarium vitae (apareció en Alcoy en
1979, y más tarde integró los volúmenes IX y X de su Obra completa
en prosa, editada por la Institución Alfonso el Magnánimo de la
Diputación valenciana en 1985) además de añadir un personal prólogo
de Fernando Ortiz que recuerda la importancia que la obra de Gil-Albert
tuvo para una generación que en los años setenta fue seducida por
su palabra y su generoso magisterio, vuelve a mostrar la ejemplar
exigencia de fidelidad a sí mismo que, por encima del olvido y la
falta de reconocimiento que sufrió durante casi cuatro décadas, mantuvo
sin queja el escritor alicantino.
Desde que en 1947 regresa a España del exilio, y éste se hace
verdadero «exilio interior», alejado de lectores y editores, inmerso
en años de silencio y de intensa escritura en soledad, hubo de esperar
hasta 1972 en que la colección «Ocnos» publica Fuentes de la constancia,
una antología poética que le rescató de la marginación y le hizo llegar
al gran público.
Después llegó 1974, el llamado «año de Gil-Albert», en el que son
editados algunos de sus mejores libros: además de los ya citados,
ven la luz La metafísica y Mesa revuelta, se reedita
el que consideró el más importante de sus libros poéticos, Las
ilusiones, y en años sucesivos van apareciendo títulos tan señalados
como Heraclés (1975), Memorabilia (1975) o A los
presocráticos (1976).
La consagración definitiva llegaría en 1982 con el Premio de las Letras
del País Valenciano, poco después del comienzo de la edición de sus
obras completas.
Tras su muerte en 1994 y pasados sinceros homenajes, Gil-Albert parecía
afectado por un olvido similar al que ya tuvo, aunque las causas sean
ahora otras, fundamentalmente el poder de ocultamiento de un mercado
editorial esclavo de las novedades, incapaz de reeditar productos
no explícitamente demandados, aunque sea la obra de uno de los más
valiosos escritores de nuestra historia literaria reciente. Así, encontrar
algunos de sus títulos, empieza a ser difícil. |

Juan Gil-Albert pintado por E. Climent en
México, 1940. Colección del Instituto alicantino de Cultura Juan
Gil-Albert.

"La plenitud reclinada",
Ángeles Cáceres
entrevista al escritor en su casa de Valencia (Febrero de 1992).
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"Al cumplir la pavorosa deuda
contraída", por José Carlos Rovira.  |
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"Un
español que piensa", por Emilio La Parra.
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