| |
Miguel Dalmau
Circe. Barcelona, 2004. 510 páginas, 24 euros
Está de más plantear
la cuestión de si esta biografía es pertinente o no: cualquier lector
de Jaime Gil de Biedma sabe de sobra que su obra está repleta de
repliegues, silencios, veladuras, que apelan directamente a la curiosidad.
No a la que reclama conocer intimidades de alcoba, sino a otra más
legítima, e indisociable de la genuina apreciación literaria: la
que despiertan, por ejemplo, poemas como “Intento formular mi experiencia
de la guerra”. Ante un texto como éste, que evoca la felicidad de
un niño en medio de circunstancias públicas adversas, el lector
tiene todo el derecho a desear saber más, a preguntarse cómo la
memoria juega con frecuencia a contradecir el testimonio histórico
y el juicio moral. Naturalmente, la poesía de Gil de Biedma suscita
otras preguntas: a qué se debe su asombrosa eficacia, de dónde viene
la sensación de novedad que causa y, a la vez, la clara impresión
de que muchas de sus afirmaciones son parte de un acervo común de
confidencias lúcidas que el lector –vanidosamente, quizá– siente
como propias. La biografía que hoy nos ocupa satisface en buena
medida la curiosidad legítima del lector y le proporciona datos
relevantes para el buen entendimiento de los poemas, de su génesis
y circunstancia y, en algún caso, de los modelos que el poeta tuvo
en cuenta al componerlos. Quizá en este último aspecto no alcance
la exhaustividad de las grandes biografías anglosajonas. Y, lo que
es más importante: en las apreciaciones literarias que contiene
quizá podamos echar de menos una clara definición del punto de vista
crítico desde el que se abordan, e incluso del que sustenta determinados
juicios de valor sobre la literatura española contemporánea, como
esta llamativa afirmación, contenida en una pregunta retórica referida
a los poetas jóvenes que visitaban a Gil de Biedma: “ese juego de
ambigüedades, cuando no de favores de alcoba, era habitual en la
escala de ascensos de la poesía española”.
Y es que éste es un libro escrito con una curiosa mezcla de despego
–de ironía, también– y aplicación. Concebido como un tríptico, según
el modelo de un conocido cuadro de Bacon, sus tres relatos presentan
sucesivamente al biografiado en su condición, primero, de persona
civil (hijo de buena familia, estudiante, abogado, hombre de empresa...),
luego como poeta y, finalmente, en el papel que el biógrafo en algún
momento denomina, en expresión no del todo afortunada, “Gil de Biedma
erótico”. El primer “panel” es un esbozo de lo que podría haber
sido una correcta “biografía autorizada” del poeta, en la que quedan
abiertos significativos huecos de misterio donde el lector puede
ubicar esas legítimas curiosidades de las que hablábamos antes:
sobre literatura y sobre las posibilidades de que una persona culta
y de buena posición pudiera burlar las limitaciones que le imponía
la sociedad española de su tiempo. El segundo “panel” esboza la
actuación literaria de Gil de Biedma. Y el tercero, su ajetreada
trayectoria sentimental y sexual y las penosas circunstancias de
su muerte.
Muchas páginas de esta tercera parte deberían pertenecer a la segunda,
por explicar la génesis y el sentido de determinados poemas. Lo
que nos sitúa ante la cuestión principal que ha de plantearse el
biógrafo de un artista: si lo que nos interesa de la vida de éste
es sólo lo que explica su obra, o si también viene al caso lo que
el biografiado consideraba materia estrictamente privada. En la
dramática carta –aquí incluida– que el poeta dirigió a Dionisio
Cañas para disuadirle de explicitar la orientación sexual de su
poesía amorosa, Gil de Biedma señalaba que esta clase de cuestiones
nunca preocupó a los estudiosos de su obra ajenos al ambiente literario
español. En ese sentido, su poesía es más que ambigua: reduce a
la irrelevancia la cuestión del sexo de sus referentes eróticos,
lo que hace que cualquier lector se reconozca inmediatamente en
ella sin necesidad de engorrosas transferencias.
A tales efectos, está claro que este libro, bien documentado y bien
escrito, ayuda bastante a entender al personaje, pero quizá no a
que leamos mejor su poesía. Al fin y al cabo, el poeta fue, en palabras
del biógrafo, un “inteligente y sagaz administrador de su propio
silencio”. Silencio que debe entenderse, no sólo referido a la decisión
de no escribir poesía a partir de determinado momento, sino también
a la de no añadir a lo escrito innecesarias aclaraciones. Pero tampoco
podemos culpar al biógrafo por contar lo que sabe; aunque, como
lectores, optemos por no tenerlo en cuenta.
José Manuel
BENÍTEZ ARIZA
|
 |