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Cuerpo,
espíritu, ropa:
Djuna Barnes (1892 - 1982) |
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Artículo de Sofi Richero
A modo de epígrafes:
I love
your body and your spirit and your clothes.
L.Cohen,
'First we take Manhattan'
Menos aventuradas son sus prendas
Que su cuerpo en su cenit,
Cosidas como ella,
Cosidas a su alma de por vida
Djuna Barnes, 'Seen
from the 'L'',
The Book of Repulsive Women, 1915.
Ella era una criatura plástica, hecha de
destellos y detalles como un afiligranado vitreaux art-nouveau, una
mujer inexplicablemente aurática. Todo en ella: que su nombre fuera
Djuna, una mezcla del príncipe indio llamado Djalma en El judío
errante de Eugéne Sue, y la forma en que su hermano Thurn pronunciaba
la palabra 'luna'; que hiciera acrobacia decadentista con tinta china
sobre el papel blanco creyéndose la encarnación norteamericana de
Aubrey Beardsley; que cruzara de determinada forma las tirillas de
sus zapatos negros y fuera una de las primeras en animarse con el
genre pauvre de Coco Chanel. Que caminara por la Quinta Avenida con
la famosa capa negra de Peggy Guggenheim, que hicera cínicos e ingeniosos
malabares con su conversación de salonière, y que T.
S. Eliot colgara una foto de ella en su despacho
muy cerca de una de Valéry, una de Keats y otra de Groucho Marx; que
fuera vecina de E.E. Cummings en el legendario Patchin Place de Greenwich
Village; y que nunca aceptara conocer a Carson McCullers.
En detrimento de su obra, esto u aquello, dice cierto criticismo feminista
que busca alistarla al corpus furiosamente anti-patriarcal del París-Lesbos
de los años 20. Y en detrimento de su obra, esto u aquello, quienes
quieren desde otro lado proponerla como único exponente femenino que
puede atreverse a rondar la casa de la sagrada trilogía Joyce-Eliot-Pound.
No es precisamente justo, pero su estilización como personaje literario
no fue menos importante que el mejor poema de Ezra Pound,
y acaso porque Pound sabía eso, jamás pudo soportarla.
Dijeron: "Es mucho mejor un texto sin adornos". Fueron los editores
de Boni & Liveright, mientras duraron las tratatativas para publicar
Ryder, su primera novela. En esta torpe descalificación de
su arte -las ilustraciones como elemento prescindible, ajenas al texto-
subyace la misma concepción por la cual la historia de la crítica
literaria que se ha venido ocupando de Djuna Barnes se siente tentada
a reprimir su costado glamoroso y plástico, como si éste pudiera sabotear
la solvencia de su obra; como si no fueran
elementos íntrinsecos, específicos de su textualidad.Pero el acercamiento
ensañadamente textualista a su obra, tiene motivos más o menos lógicos,
sin embargo. En primer lugar, porque quien más se ha ocupado de ella,
sobre todo a partir de los 70's y 80's, es la crítica feminista: en
su rescate de las poéticas modernistas femeninas para un canon básicamente
masculino, parece verse en la obligación de relegar su objeto de estudio
al espacio exclusivo del texto, ya que se sabe que la frivolidad o
la superficialidad malentendidas han sido tradicionalmente achacadas
al sexo femenino.Y parece lógico -en
este contexto de discutibles razonamientos- que uno se sienta incapacitado
de ir a pelear con un Joyce o con un Eliot con el arsenal provisto
por los más modernos estudios culturalistas,
en donde sí cabe lugar para el estudio de un concepto tan atorrantemente
vago como el "aura" de un escritor, su plasticidad, etcétera.
La crítica, digamos anacrónicamente estructuralista
de su obra, se justifica también cuando se sabe que Djuna Barnes es
una escritora básicamente autobiográfica, y que se han cometido verdaderos
crímenes interpretativos con ella, seudolacanianismos asombrosos.
También la crítica literaria del lesbianismo literario, ha querido
inscribirla en su particular linaje de "amazonas" parisienses; y en
ese juego, otra vez Djuna y su "aura" salen perdiendo.
Mucho más claros como paradigmas de literatura lésbica han resultado
Natalye Barney o Gertrude Stein, pero con Djuna, y también con Hilda
Doolittle, todo se vuelve mas complicado. No sólo por lo de su bisexualidad,
sino porque ambas se han negado explícitamente a integrar ese canon,
aún cuando escribieron textos que discuten de una u otra forma la
homosexualidad femenina. El texto lésbico no se condice pues, con
la estilización glamorosa -que tradicionalmente se supone femenina-
de Djuna Barnes. Estilización que le ha valido la consagración como
"la Garbo de la literatura"; una ecuación también inexacta que Djuna
habría juzgado estúpida.
PARÍS - LESBOS
Jamás dos momentos históricos tan luminosos
pelearon así por una mujer. A Djuna Barnes la siguen disputando París
y el Greenwich Village. Ella es una perfecta excusa para vagar por
los pálidos y elegantes años neoyorquinos de la pre-guerra. Entrar
al cobertizo del muelle de los Provincetown Players, el grupo teatral
experimental neoyorquino que hizo despertar
de un largo sueño a la dramaturgia norteamericana; entrar y ver a
Djuna Barnes discutiendo con Chaplin, mientras los poetas Mina Loy
y William Carlos Williams repetían su letra jugando a ser actores.
Los pálidos y suaves años de Albert Stieglitz y sus fotografías de
calles y ventanas indiscretas, al ritmo elegantemente ocioso de una
New York de carrosas y salones. Pero la historia literaria la discute,
porque ella es una perfecta excusa, a su vez, para tomar el mapa de
la Rive Gauche parisiense de los 20's, y tratar de encajarla de algún
modo en el puzzle de las célebres "expatriadas" estadounidenses, como
Edith Wharton, Gertrude Stein y Alice B. Toklas, Natalye Barney, Mina
Loy, Janet Flanner, Margaret Anderson, Anaïs Nin, Sylvia Beach, Adrienne
Monnier, Colette, Nancy Cunar, H. D (Hilda Doolittle) y un largo etcétera.
Toda una comunidad artística de mujeres escritoras, libreras, periodistas,
imprenteras, responsables históricas de la inserción definitiva de
la mujer-artista en el espacio público del arte del s. XX: su promoción,
discusión, circulación y comercialización. El París-Lesbos de la belle
époque donde el lesbianismo comenzaba, tibiamente, a dejar de
ser entendido como patología, donde se disctutían los recientes descubrimientos
de algunos fragmentos de la poesía de Safo, una oportunidad para ampararse
en una tradición literaria e histórica que les había sido saboteada.
El París demagógico en donde la homosexualidad masculina se ostentaba
con traje de elegante dandysmo en el salón privado. El París homosexual
de la haute bourgeoisie de Proust y el París lésbico del demimonde
teatral de Colette. El París promiscuo de los 20's, donde estaba permitido
saltar alegremente de una cama a la otra. Como en el carnaval medieval
después de la cuaresma, aquellas mujeres saludaron cortésmente al
pacato s. XIX, y sin dejar que la pollera bajara del todo, corrieron
al espejo a maquillarse, desnudarse, travestirse.
Morir correctamente, morir en aeroplano
El halo que reposaba sobre la cabeza
de Djuna Barnes cuando transitaba la Quinta Avenida parece estar hecho
de la luz beatífica, aristocrática y difusa de las fotografías neoyorquinas
de Albert Stieglitz. Djuna lo entrevistó alguna vez, dejando constancia
implícita de su amistad en el tono íntimo y anécdotico de la nota.
Ella entraba en su galería de la Quinta, con los labios furiosamente
rojos y un portafolios de dibujos bajo el brazo; y él le daba una
serie de recomendaciones valiosísimas en clave 'nada sucede y todo
es relativo'. La clásica performance del artista experiente y la chica
novata.
Porque Djuna Barnes era periodista. Pionera en el estilo periodístico-literario
inaugurado a principios de siglo que se conoció luego como el New
York style. En Djuna, ese estilo
se mimetizaba con el código decadente del fin de siglo, el estilo
ultra-ingenioso de Wilde, el artificio
glamoroso, el apunte satírico o morboso, la provocación burguesa.
Un artículo publicado en Vanity Fair, titulado '¿Cuál es la forma
correcta de morir?', resulta muy ilustrativo, en ese sentido.
Allí se proponían "doce muertes elegantes para damas audaces".
Una rubia "ha de colgarse dulce, airosa y tenazmente por el cuello"
mientras que "la vampiresa morena de gruesos párpados, fría y cruel
ha de elegir el veneno".
Duante los primeros años de su carera trabajó para todos los periódicos
de lengua inglesa de Nueva York exceptuando el Times: comenzó
en el Brooklyn Daily Eagle, en donde irrumpió con un vestido
de calicó y un cesto en la mano diciendo que ella sabía dibujar y
escribir y que sería un absurdo que no la contrataran. Luego vagó
por las redacciones del New York Press, el New York World
Magazine, el Morning Telegraph y Harper's.
Su amigo James Joyce, a quien también entrevistó más de una vez, le
dijo en 1920 que no escribiera sobre temas insólitos, que hiciera
insólito lo corriente; que los sucesos extraordinarios corresponden
al periodismo, mientras que lo corriente corresponde a lo literario.
Djuna siguió el consejo a medias. Hizo su periodismo, pero también
su literatura a base de extraordinariedad.
Célebres son en ese sentido sus "reportajes sensacionales" (así los
llamaba ella misma): a los veintidós años escribió algunos de ellos
para el Sunday World; entre los planes temerarios de su director,
estaba aquel que consistía en hacerla subir a un aeroplano de fabricación
casera. Por entonces, su novio "Putzi" Ernst Hanfstaengl, un galerista
de arte alemán, le ofreció los veinticinco dólares que habría ganando
subiendo al artefacto, y Djuna renunció a la hazaña. El avión se estrelló
y murieron todos los ocupantes.
Se sometió más tarde a un tratamiento de "alimentación forzada" para
escribir un reportaje sobre la experiencia: muchas sufragistas murieron
en las cárceles británicas de principios de siglo debido al método.
'La chica y la gorila' por su parte, otro de sus reportajes, consistía
en una irónica entrevista con Dina "la bosquimana", un especimen africano
de dimensiones sorprendentes, enjaulado en el zoo del Bronx,
y 'Mis aventuras cuando me rescataron' versa sobre el resultado de
una visita que realizó en abril de 1914 a la escuela de bomberos de
la calle Setenta y Siete. En su primer descenso, salió por una ventana
y bajó por una cuerda desde unos treinta metros de altura.
Para entonces era la inquietante y brillante periodista de New York,
y la más glamorosa de las habitantes del edificio número 86 de la
avendia Greenwich, donde Djuna compartía un piso lleno de periódicos
con Courtney Lemon (jovenzuelo socialista, que leía vorazmente filosofía
y teoría política). El edificio albergaba una asombrosa colección
de residentes. Susan Light, y su marido Jimmy, actor y director de
los Provincetown Players, alquilaron la residencia -una suerte de
Palacio Salvo con escaleras quejumbrosas, goteo de bañeras e inodoros
deficientes- y subarrendaron habitaciones a diversos personajes del
Village: Berenice Abbot, la fotógrafa, Mina Loy, una de las poetas
más brillantes del principios de siglo neoyorquino, Marcel Duchamp,
el fotógrafo Albert Stieglitz, Eugene O`Neill.
El alma del Village, y el alma de Djuna entonces, estaba con los Provincetown
Players: muchos de los amigos de Djuna pertenecían a este grupo teatral,
fundado por George Cram Cool y su esposa Susan Glaspell en 1915, núcleo
fundacional del teatro experimental independiente de la ciudad. Representaban
sus obras en un cobertizo situado en un muelle. Algunas de las primeras
obras de O'Neill nacieron allí, y allí se estrenaron la célebres Watch
a Sunrise de Wallace Stevens, y Lima Beans de Alfred Kreymborg,
con los protagónicos interpretados por Mina Loy y William Carlos Williams.Allí
se conocieron Djuna y Chaplin, y fue el clima de este grupo el que
animó las primeras piezas de teatro de Barnes, publicadas en el New
York Telegraph. Básicamente, todas compartían su tono ultra-decadente,
y dialogaban, no tan solapadamente, con dos irlandeses: Oscar
Wilde y John Millington Synge.
Djuna ha sido insistentemente acusada de ciertos "robos" literarios:
la presencia de Joyce en El bosque de la noche, Wilde en su
periodismo y en ciertos relatos, y Synge en su dramaturgia. Éste último
uno de los escritores que más la cautivarían: lo leyó atentamente
durante casi diez años, e incluso llegó a publicar un artículo en
1917 ('The Songs of Synge: The Man who shapes his life as He shaped
his plays'), ilustrado con sus inevitables dibujos beardsleyanos.
La Rive Gauche
La revista McCall's envió a
Djuna Barnes a París en abril de 1921 (cuarenta años antes la misma
revista había enviado a Londres a su abuela Zadel), para que se desempeñara
como cronista de costumbres del ambiente cultural de la Rive Gauche;
las destinatarias estadounidenses esperaban un poco de aventura romántica,
algo de moda, y mucho de bohemia. Djuna era especialmente apropiada
para la misión. 'Vagaries Malicieux' se publicó en mayo de 1922: recogía
algunas impresiones bastante desfavorables sobre París -incluso algunas
sobre Joyce, a quien conoció inmediatamente a su llegada- en el estilo
pretencioso de periodista hastiada del mundo que lo ha visto todo.Con
el tiempo, París se convertiría en una suerte de paraíso para ella;
allí conocería a Thelma Wood, y allí modelaría su escritura
y su actitud literaria. Nunca perteneció del todo al grupo de la rue
l'Odéon, el centro intelectual de la comunidad de expatriados en París,
la calle de Shakespeare and Company y La Maison des Amis des Livres,
las librerías de Sylvia Beach y Adrienne Monnier.Aunque era muy conocida
por ese grupo, y aunque se la cita prácticamente en todas las memorias
de la época, Djuna siempre perteneció a la gente de "McAlmon", el
grupo de expatriados en París que había formado parte de Greenwich
Village. París siempre la recordará como la mujer más bella, la más
excéntica y la más ingeniosa saloniére entre las mujeres. Sentada
en el Dome, la Coupoule o el Café de la Flore, vestida con la larga
y monárquica capa de Peggy Guggenheim, un block en una mano y un trago
en la otra.
Química & Satélites
Así es el universo de El bosque
de la noche (Nigthwood, 1936): una serie de personajes
giran como satélites, según una lógica cósmica extraña, alrededor
de Nora Flood. La historia es la de los acercamientos, los contactos
y las repelencias entre esos satélites químicamente distintos. Material
químico que muta, y que establece contactos, compatibles o no según
los ciclos, con el material químico de los otros. No importa en verdad
el resto; no importan los géneros o sexos,
ni la homosexualidad ni la heterosexualidad de nadie: importa su compatibilidad
o incompatibilidad química, y la pésima, amorfa, y arbitraria regulación
del universo, en donde todos estos seres chocan desorbitados, creyendo
tener destinos, dioses, y otras muchas trascendencias.
Y así fue el universo de Djuna Barnes durante su larga vida. Qúimica
favorable o desfavorable, con unos cuantos satélites. Su familia primero,
y algunos otros que fueron apareciendo con el tiempo: Thelma Wood,
T. S. Eliot, James Joyce, Peggy Gugghenheim, Emily Coleman, son acaso
los que mas influyeron o distorsionaron su rumbo. La grabadora Thelma
Ellen Wood (1901-1970) fue el gran amor de Djuna. El bosque de la
noche contrapuntea esa conflictiva relación de casi ocho años, signada
por los celos, las borracheras, las infidelidades (de Thelma) y los
reproches (de Djuna).
En cuanto a Peggy Guggenheim y Emily Coleman, fueron sus dos grandes
benefactoras y promotoras literarias. Peggy, hija de Benjamin Guggenheim,
había heredado una gran fortuna tras la muerte de su padre en el hundimiento
del Titanic, y fue una de las mas excéntricas y destacadas benefactoras
de principios de siglo, rodeándose de artistas e intelectuales a quienes
promocionaba, costeándoles ediciones y exposiciones. Fueron célebres
los veranos del 1932 y 1933 en Hayford Hall, su casa de campo en Inglaterra,
en donde Djuna escribió buena parte de El bosque de la noche.
Allí alternaban artistas e intelectuales norteamericanos, ingleses,
berlineses, y en honor a la promiscuidad y las borracherras cometidas,
la casa fue bautizada por Djuna como "Residencia Resaca".Djuna nunca
se mostró del todo afectuosa con Peggy Guggenheim, a pesar de que
ésta costeó sus gastos hasta no mucho tiempo antes de morir.
Con Emily Coleman, crítica y escritora, famosa sobre todo por su novela
The Shutter of Snow (1930), las cosas no eran iguales. Si Guggenheim
tenía dinero, Emily tenía verdadera fe
en su trabajo, valiosos contactos y una agenda en la que estaba el
nombre de T. S. Eliot. Djuna había publicado ya varios libros con
el sello Boni & Liveright (A Book, Ryder) y las
ediciones de ambos habían resultado demasiado irritantetes. Así que
Emily Coleman decidió ir a ver a Eliot. Y fue Eliot, desde el sello
Faber & Faber, quien publicaría la novela y quien se convirtiera
en tutor y angel guardián de aquella excéntrica y bella periodista
que escribía novelas desconsoladamente crípticas.Según Emily Coleman,
la actitud de Djuna con Eliot era la de "una niñita que ofrece una
manzana al maestro". Djuna nunca negó eso y, al igual que con James
Joyce, se sentía enormemente halagada de que ambos respetaran tanto
su trabajo.
También se sintió halagada por el entusiasmo de Dylan Thomas
con la novela: leía pasajes de la misma en Cambridge a sus alumnos,
y las imágenes de uno de sus poemas están inspiradas en el libro de
Djuna. Para Dylan Thomas se trataba de la mejor escritora entre las
que había leído, y años después lo confirmaría grabando con su voz
El bosque de la noche para Caedmon Records.
Pero no todos se entusiasmaron con el libro. Eliot no consiguió nunca
que André Gide escribiera un prólogo a la traducción francesa. Tampoco
a Ezra Pound le gustó la novela.
Hay toda una chismografía literaria respecto a la mala relación de
ambos; que Pound no soportaba la combinación de su belleza con su
inteligencia y sus preferencias sexuales; que Pound se sentía frustrado
porque ella lo había rechazado como amante; que simplemente él no
soportaba que Joyce y Eliot hubieran apadrinado a una mujer que hacía
arte con su vida comercializando su belleza y su excentricidad a través
de lo literario. Lo cierto es que jamás simpatizaron; el descrédito
público de Djuna llegó a convertirse en obsesión de Pound durante
cierto lapso de tiempo, descrédito que indirectamente tocaba a Eliot
y a Joyce, sus "padrinos" literarios. Pound llegó a escribir unos
versos maliciosos sobre ella:Había una
vez una dama llamada Djuna
que escribía casi como un mono. Su
prosa hinchada no tenía pies ni cabeza;
ojalá la Ballena lo descubra pronto.(D.
D. Paige, The Letters of Ezra Pound, Harcourt Brace, Nueva York, 1950)Y
Djuna decía de Pound en una carta a Emily Coleman:"Ahora se cree
una especie de César Borgia y a tal fin ha hecho pintar columnatos
y qué se yo en las paredes de su estudio de tres por dos. Olga Rudge
(ex lesbiana, pobrecita, y madre de Omar, u Homero, no sé, Shakespeare
Pound) sigue con las cabras en el monte, aunque de vez en cuando le
permiten bajar por las piedras resbaladizas de Rapallo a tocar el
violín en la capilla, la señora Pound en algún sitio cerca, ¡maldiciendo
las barbas de él, supongo! Él escribe en la gaceta local y habla como
un paleto, cada vez que abre la boca se le cae un tallo de trigo".
(20 de febrero de 1937)
Desmoronándome muy bien, gracias
"No puedo ir a Arizona, cariño, aunque me gusta
la idea del Oeste pero, no sé, representa todo lo que odiaba de mi
padre, el aspecto Mark Twain, Bret Hart, Walt Whitman; Ezra Pound
y su prosa de papanatas palurdo", le escribía a Emily Coleman
en 1939, rechazando una invitación solidaria de su amiga para sacarla
de un cuarto atiborrado de libros, ceniceros repletos e incontables
botellas de whisky. Djuna no paró de beber y fuma indiscriminadamente
hasta 1950; hacía gala de un ingenio increíble cuando debía justificarse
ante sus amigos. De vuelta en New York, encontró un pequeño apartamento
en Patchin Place, el legendario edificio de cincuenta pisos en dos
hileras que había habitado Jane Bowles. Y allí pasó los últimos cuarenta
años de su vida, alimentando su leyenda a base de mal humor, hostilidad,
y neurosis.
"Me considero (pregúntale a Johny) cínica, algo resentida y correcta,
con esa frialdad francesa, exactamente lo contrario que tú. Empecé
tétricamente sentimental, lo cual es estúpido. Nada me gustaría más
ahora por tanto que escribir lógicamente y sin emoción. Totalmente
imposible para mí, claro. Incluso en Shakespeare encuentro demasiada
dulzura. ¡No conozco a ningún escritor tan despiadado como sería yo!
Proust, entre sus carámbanos, rezuma sentimentalismo. John Holms dijo
que mi libro era el más oscuro y triste que había leído. Si alguna
vez acabo otro (cosa incierta), me gustaría que fuera implacable y
cruel, tan cruel como la realidad" escribió a Emily Coleman en
octubre de 1942.
Fue partir de entonces que cambió su "aura" bearsdleyana, decadente
y elegante, por el tipo de mujer ruda y cruel, una suerte de Onetti
norteamericana; el verdadero ogro sabio que no salía de casa y que
prácticamente no recibía a nadie. Vivir hasta los 90 años no fue fácil
para ella: cuando le preguntaban por su salud, respondía: "Desmoronándome
muy bien, gracias".Sólo conversaba un poco con E. E. Cummings,
vecino de piso, con la poeta Marianne Moore, o Malcom Lowry, de tanto
en tanto. Pero por alguna razón nunca quiso recibir a Carson McCullers,
a pesar de sus insistencias. Djuna Barnes siempre fue una de las escritoras
favoritas de Susan Sontag; le envío Contra la interpretación
en 1966, y sin embargo jamás lograron formalizar el encuentro. Barnes
escribió a Sontag: "Me han contado que al verme en las calles del
Village te abstuviste de dirigirte a mí porque alguien te ha dicho
que soy un demonio bastante violento e insultante. ¿Me concederás
el placer de hablar conmigo la próxima vez, por favor?" (24 de
febrero de 1967)
Djuna Barnes murió en 1982, un 19 de junio. Apenas siete días antes
había cumplido noventa años. Para entonces ya no dibujaba; E.E Cummings,
su vecino, había muerto casi veinte años atrás; seguía usando su viejo
bastón de ébano con empuñadura de plata.
Nota:
Los datos biográficos y citas (cartas, testimonios) de esta nota fueron
extraídos de Djuna Barnes de Phillip Herring (Circe, Barcelona,
1997). Para aspectos mas teóricos o históricos se ha recurrido, fundamentalmente,
a Mujeres de la Rive Gauche (París 1900-1940), de Shari Benstock
(Lumen, Barcelona, 1992).
Publicado
originalmente en Insomnia, Nº 12 |
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