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Artículo de ARTURO ARNALTE*
publicado en la revista QUIMERA (nº 199)
Desde Anacreonte hasta Passolini, pasando
por Rimbaud, Mishima y la poesía arábigoandaluza,
este artículo se extiende sobre una noción clasista,
ideologizada, del amor homoerótico.
Golfillos, obreros y campesinos de un
lado. Artistas pedantes e intelectuales de «discursos tristes» del
otro. Dos estereotipos recogidos en la Oda a mis amantes, de
Paul Verlaine (1844-1896); autor también, junto con Arthur
Rimbaud (1854-1891) del poco divulgado Soneto al ojo del culo
que han hecho fortuna en un importante sector de la literatura
hornoerótica contemporánea. El siglo XIX asiste al
resurgimiento abierto de la literatura homosexual en Occidente tras
casi dos mil años de silencio y condena. Y como sus predecesores
grecolatinos, un gran número de los escritores que acuden
al tema del amor entre hombres, o que dejan constancia en sus memorias
o diarios personales de su inclinación homoerótica
expresan su deseo hacia personas ajenas a su grupo.
Sin llegar necesariamente, al desprecio
de Verlaine hacia los círculos literarios o intelectuales
a los que pertenecen, numerosos escritores homosexuales les dibujan
a su objeto de apetencia como un hombre joven, humilde, de origen
modesto, virgen o parco en conocimiento y libre, por su condición
social, de los prejuicios morales que marcan los límites
de la conducta burguesa, de la clase dominante.
Quienes más lejos llegan en
el análisis de la búsqueda de un compañero
en un medio social inferior son dos autores ingleses que fueron
amigos: Eduard Morgan Forster (1879-1970) y Richard Ackerley (1896-1967).
La obra más conocida de Forster, Maurice, que el autor
no permitió que se publicase en vida, describe la búsqueda
de una salida a la opresión sentida por un homosexual de
la clase media alta a quien su entorno niega la realización
honorable de su anhelo. Autoexiliado en su ambiente, el protagonista
huye de la asfixiante Inglaterra victoriana para empezar una nueva
vida en Argentina con un guardabosque empleado en la casa de su
mejor amigo.
Maurice hace sobre el papel lo que Forster
no osó hacer en vida. Romper con la moral vigente en la vieja
Europa para empezar una vida desde cero en un Nuevo Mundo que
en la imaginación del escritor se presenta como el lugar
de la Utopía. En Forster pesó más el qué
dirán y el temor a la cárcel que su deseo de libertad.
Un temor nada ilusorio: la ruptura de las reglas del juego había
llevado a Oscar Wilde (1854-1900) a prisión por requiebrar
de amores a Lord Alfred Douglas (1870-1945), su «lirio entre los
lirios», que era su superior socialmente.
"Quiero amar a un
joven vigoroso de la clase baja; quiero que me ame e incluso que
me haga daño. Eso es lo que me interesa; pero también
he querido escribir novelas respetables... " anotó Forster
en su Memorándum personal en 1935.
Su autocensura le llevó
a ocultar no sólo Maurice, sino también sus
cuentos eróticos, editados posteriormente bajo el título
de La vida futura, a pesar de que en ellos la carga
erótica es sutil y jamás se describe con realismo
una escena sexual. En todos ellos, los protagonistas, varones cultos
y acomodados que mantienen reserva frente a su identidad sexual,
buscan la satisfacción de su deseo en criados, marineros
o en súbditos no blancos de las colonias británicas.
Forster sabía
lo que quería, pero quizá no por qué. Ackerley,
por el contrario, en la descarnada vivisección que hace de
su propia vida en Mi padre y yo, se responde a esa pregunta
con una lucidez hiriente. "Cabe pensar también -escribe-
que la razón de que buscara a esa persona no dentro de mi
propia clase social, sino entre la clase trabajadora, pero siempre
en pos de esa inocencia que en mi propia clase me habría
sido imposible tocar, era que el sentido de culpa que tenía
con respecto al sexo me obligaba a desahogarlo en los que eran inferiores
a mí socialmente".
Pero, ¿por qué
experimenta Ackerley sentimientos de culpa ante la homosexualidad
con un semejante de la propia clase y no por el acto homosexual
en sí? Su análisis parece entenderse mejor si sustituimos
el concepto de sentido de culpa por el de sentido del ridículo.
Lo que algunos intelectuales homosexuales parecen buscar en su compañero
es que no le cuestione, como explica Ackerley en la misma obra cuando
admite que nunca encontró pareja, lo que él llama
el Amigo Ideal, y que su mayor afecto fue una perra: "A veces,
cuando la miraba, pensaba que el Amigo Ideal, que ya no deseaba,
tal vez nunca había deseado, debía haber sido un animal-hombre,
la mente de mi perra, por ejemplo, en el cuerpo de mi marinero,
el perfecto cuerpo masculino siempre al servicio de uno a través
de la devoción de un animal leal y sin sentido crítico".
No sentirse juzgado negativamente
al ejercer de seductor es lo que este tipo de escritores
homosexuales demanda de su pareja hipotética. El ejercicio
de una homosexualidad modelo, es decir, el rol de penetración
activa (entendida más en un sentido cultural o psicológico
que carnal) con las mismas características de la heterosexualidad,
en la que el varón, por constitución física,
ha creído secularmente llevar la parte activa.
Las relaciones sexuales,
al menos en Occidente y en los últimos tres mil años,
reproducen las relaciones sociales. Michel Foucault afirma, en su
Historia de la sexualidad que existe un isomorfismo entre
ambas: "Por tal hay que entender que la relación sexual
(siempre pensada a partir del acto modelo de penetración
y de una polaridad que opone actividad y pasividad) es percibida
del mismo tipo que la relación entre superior e inferior,
el que domina y el que es dominado, el que somete y el que es sometido,
el que vence y el que es vencido".
El heterosexual ejerce
por tanto su sexualidad de manera considerada natural dentro y fuera
de su propia clase, medio, raza o grupo. El escritor heterosexual
no es censurado por enamorarse de mujeres y puede elegir a su amada
en cualquier estamento social. Su colega homosexual, en cambio,
si bien -y cada vez más- puede aspirar a cambiar de objeto
de deseo, tiene que luchar también contra el rol sexual tradicionalmente
atribuido a los varones. Se le exige que, al menos, se comporte
como sometedor y no como sometido para no sentirse víctima
de "sentido de culpa" de Ackerley.
Muchos escritores homosexuales parecen
haber respondido a esta presión social, que entiende la sexualidad
satisfactoria como un acto de posesión del otro, buscando
a su pareja en un medio en el que -consciente o inconscientemente-
se sientan superiores para cumplir con la afirmación de Foucault:
"En el comportamiento sexual hay un papel que es intrínsecamente
honorable y al que se valora con derecho propio: es el que consiste
en ser activo, en dominar, en penetrar y en ejercer así su
superioridad". El objeto de deseo del homosexual es distinto,
pero el concepto de sexualidad no tiene que serlo por necesidad.
La búsqueda de
una relación desigual tiene raíces en numerosas culturas
exóticas y, en Occidente, el precedente del mundo clásico.
La homosexualidad masculina, que griegos y romanos practicaban "en
masa", según Eva Cantarella escribe en Según
Natura. La bisexualidad en el mundo antiguo, era honorable
siempre que el varón adulto, el ciudadano libre, ejerciese
el rol activo en la pareja.
El poeta lírico
Anacreonte (siglo VI a.C.) contestó así a quien le
preguntó por qué dedicaba sus poemas a los jóvenes:
"Porque ellos son mis dioses".
En la Atenas clásica,
el joven libre no sólo no era amonestado por sus padres,
o sus pares, por aceptar los requiebros de amor de un adulto, sino
que era incluso estimulado a ello. La sumisión a un ciudadano
libre y mayor de edad era socialmente apreciada. De la mano de su
amante (erastés), el joven (eromenos) aprendía a integrarse
en la vida social e intelectual de la ciudad, se formaba. Cuando
le llegaba su turno, al entrar en la edad adulta, buscaba a su vez
la compañía de un adolescente al que iniciar.
Iniciación que
no era en absoluto platónica y que suponía la copulación
anal, como numerosos testimonios literarios señalan. "
Las Horas y las Gracias te ungieron con óleo suave / Y no
dejas dormir ni siquiera a los viejos. / Di de quién eres,
bendito, y a cuál de los mozos / Adornas. Y el culo dijo:
"De Menécrates".
La homosexualidad masculina
en la Grecia clásica implicaba a dos varones de la clase
dominante, iguales ante la ley. La diferencia viene dada por la
edad de cada uno de ellos. El menor no ha alcanzado aún los
beneficios de la madurez, no es un ciudadano completo y, por lo
tanto, su honor no se ve empañado por ejercer como sujeto
pasivo en las relaciones sexuales. Estratón de Sardes (siglo
II a.C.) fija entre los 12 y los 17 la edad para ser amado: "Un
muchacho de doce años mucho me encanta; / Aunque más
deseable es el que tiene trece. / El que tiene dos veces siete es
la más dulce flor de los Amores; / Pero el que acaba de cumplir
tres veces cinco es mejor todavía. / Los dieciséis
es la edad de los dioses. Los diecisiete / Tocarlos no me corresponde
a mí sino a Zeus".
Sin embargo, el eromenos
será adulto algún día y por tanto erastés,
es decir, un igual. Es preciso que su reputación salga intacta
de la prueba. De ahí las reglas del cortejo en Grecia, que
hacen balancearse en la cuerda floja al efebo que debe, por un lado,
salvaguardar su imagen y no ser presa fácil de adultos lascivos
y, por otro, calcular cuidadosamente hasta dónde tensar la
cuerda para no quedarse sin amante y convertirse en un adolescente
asocial.
Meleagro advierte así
a un muchacho que se resiste a entregarse: «Hermoso Heráclito
fue en vida, mas ya un parapeto / Aguarda a todo aquel que por detrás
le asalte. / Así tú, Polixénides, guarda tus
gestos altivos: / También a los culos Némesis alcanza".
El mozalbete dejaba de
ser un hombre objeto con el nacimiento del vello, que le proporcionaba
el acabado físico de un adulto. "Tus piernas, Nicandro,
se cubren de pelos; guárdate / Que no les ocurra a tus nalgas
lo mismo: / Verías entonces qué escasez de amantes,
Preocúpate / Ahora de tu edad, que luego nunca vuelve",
escribió Alceo.
A partir de ese momento,
que marca simbólicamente la entrada del joven en la sociedad
adulta, la pasividad sexual se convierte en un tabú y es
ridiculizada, como muestran las comedias de Aristófanes (contemporáneo
de Sócrates). Entre dos varones libres e iguales, Grecia
no admite la posibilidad de una sexualidad satisfactoria.
La Roma clásica
también practica la homosexualidad masculina y, como en Grecia,
la alaba o, al menos, no la oculta. Roma, sin embargo, es una sociedad
militarista. Conquistadores, guerreros, imperialistas, los romanos
son más machos y su sexualidad va unida al sometimiento del
conquistado, por lo tanto no acepta la posibilidad de que un ciudadano
sea penetrado, ni siquiera antes de acceder a la mayoría
de edad. El adolescente debe prepararse para imponer a todos su
voluntad, hasta el punto, asegura Cantarella, que "para un
romano la expresión máxima de la virilidad consistía
en someter a los hombres".
En sus Controversias,
Séneca lo explica: "La pasividad sexual para un
hombre libre es crimen, para el esclavo una necesidad, para un liberto
un deber". Una ley, la Lex Scatinia, castigaba la pasividad
sexual del ciudadano mientras la pluma del poeta exaltaba la penetración
del inferior social: "Que sea terso por su tierna edad / Y
no por la piedra pómez / Mi pequeño esclavo / Y me
haga aborrecer a las mujeres", escribe Marcial en el siglo
I d.C. con satírica intención antifeminista.
Roma no ha dejado una
literatura homoerótica tan extensa como la griega. Algunos
poetas, sin embargo, se dejaron contagiar del "amor griego"
por los adolescentes libres, sacrificando las normas a las nuevas
modas. Cátulo escribe a uno de ellos: "Te robé,
en medio de tus juegos, meloso Juvencio, un besito más dulce
que la más dulce ambrosía". Pero cuando el autor
es objeto de burla por su afeminamiento a la griega, reacciona como
el macho romano que es: "Os lo meteré por el culo y
por la boca" (la máxima ofensa en Roma), responde airado
a sus detractores.
En el año 438,
Teodosio II condena con la hoguera la homosexualidad pasiva. Hasta
el siglo VI, tres siglos después de que el imperio haya hecho
del cristianismo su religión de Estado, no se condena también
a muerte a los homosexuales activos. Cae el telón durante
varios siglos sobre la escena literaria homosexual en el Occidente
cristiano. Pero no en el Oriente musulmán, en uno de cuyos
escenarios, España, florece durante la Edad Media una literatura
pederasta similar a la poesía homosexual helenística.
"Sirve el copero
por la tarde el vino, que tiene el fulgor mismo de su frente. /
Su cáliz me tiende embriagador, mas otro no menos inebriante:
su mirada. / Su púrpura mejilla se te ofrece / Como fragante
rosa prematura. / El vino de su mano, en su mejilla; / El de su
rostro por su mano bebo", apunta el valenciano Ibn AlZaqqaq,
en el siglo XII.
Una exaltación
de la belleza adolescente que recuerda a la griega y que, como la
griega, no parece agotarse en la admiración platónica.
"Me escancia con su diestra y con sus labios. / A un lado y
otro la embriaguez me lleva. / A fuerza de apurar cáliz y
boca, / Ya no sé, dulce amor, cuál es mi vino",
escribe el mismo vate.
Y también, como
en casos anteriores, esta literatura centra su deseo en hombres
de distinta condición, por la edad, como en Grecia, y por
la clase, como en Roma.
"Era barbilampiño,
de un puro color de oro, capaz / De hacer llorar de amor a una nube
sin agua / Cuando le salió el vello, no lo podía soportar,
como / Un potro es indócil a la incógnita brida. /
Al verme bajaba la cabeza desolado y se revestía de timidez"
escribe Ben Rasiq (1000-1070) de un joven que se resiste a perder
su atractivo imberbe.
La poesía homoerótica
de los autores arábigoandaluces se refiere a criados, esclavos.
Hay poemas dedicados a coperos, tejedores, modistos o carpinteros.
Ni uno que cante la belleza de un hombre libre, de un adulto, de
un semejante.
Cuando la literatura
homosexual sale de nuevo del cajón y los escritores homosexuales
reivindican públicamente su especificidad, este esquema de
valores reaparece en numerosos autores, a pesar de los siglos transcurridos.
"En diferentes etapas de mi vida he tenido relaciones sexuales
ocasionales o esporádicas con mujeres, mas nunca, absolutamente
nunca, con maricas ni heterosexuales de mi medio cultural y social,
clásicamente apuestos, bien educados y de traza o maneras
elegantes; más tarde, extendería ese riguroso criterio
excluyente a mi propio grupo étnico: a partir de 1963, sólo
los hijos curtidos y rudos de la zona sotádica suscitarían
mi pasión y apoderamiento En los reinos de Taifa, la
confesión de Juan Goytisolo se ajusta al modelo que hemos
visto, pero añade un elemento nuevo en la definición
del objeto de deseo. Su "apoderamiento" se dirige a los
varones de la "zona sotádica", un término
acuñado por el explorador inglés Richard Burton (1821-1890)
en su Epílogo a las Mil y Una Noches, que pretende
abarcar desde el sur de Europa hasta los Mares del Sur, ambos inclusive.
Una zona donde la pederastia sería, según el ensayista,
endémica y que incluye casi la totalidad del mundo latino
más lo que hoy Occidente define como el Tercer Mundo.
Entre los poemas homoeróticos
de los literatos arábigo-andaluces y la literatura homosexual
contemporánea se ha producido un nuevo fenómeno: la
hegemonía occidental sobre el resto del planeta en un proceso
de globalización de la historia y de internacionalización
de las clases sociales.
Si las relaciones sexuales
reproducen los comportamientos sociales y éstos atribuyen
al habitante de la zona sotádica un estatus inferior en un
mundo dominado política e ideológicamente por el blanco
europeo, o de origen europeo, el objeto de deseo ya no es sólo
el campesino o el granjero por los que suspiraba Verlaine. El campo
se amplía a "los hijos curtidos y rudos" del Tercer
Mundo. "Sólo en lo caótico y en lo social, o
geográficamente distante podían hallar consuelo a
semejante ahogo (escribió Alberto Cardín (1948-1992)
sobre los homosexuales europeos del siglo pasado en su ensayo Guerreros,
chamanes y travestis. Indicios de homosexualidad entre los exóticos),
y la doble salida se impuso de inmediato: por un lado los bajos
fondos; por otro, el Oriente sensual y moralmente tolerante. Ambos
mitos aparecen a lo largo del XIX como inseparables, y parecen no
haberse agotado aún".
Sigamos con Goytisolo:
"La tardía evocación de lingüista y etnólogo
que me ha hecho consagrar en los últimos años mi tiempo
y esfuerzos aparentemente absurdos primero al estudio del árabe
magrebí y luego del turco, fue resultado de una porfiada
voluntad de acercamiento a un modelo físico y cultural de
cuerpo que me guiaban como un faro. La operación de transmutar
el estigma inherente a mi desvío de fecunda curiosidad de
lo ajeno se convertía así en una gracia inasequible
al burgués atrapado en la convencional rigidez de su universo
mezquino".
Desde hace décadas,
Marruecos se ha convertido en un punto de destino para muchos homosexuales
occidentales. Amor por un puñado de pelos, de Paul
Bowles, estadounidense afincado en Tánger, y de Mohamed Mrabet,
alude a la oferta local de efebos para turistas homosexuales. Es
la atracción por los mozos del lugar lo que retiene en Marruecos
a un profesor de español, protagonista de la novela Mimoun,
de Rafael Chirbes. Y en una playa magrebí, ante la visión
de unos adolescentes en bañador, Alberto Cardín hace
sentirse transportado de placer al catedrático catalán,
entrado en años, que baja al sur en pos de una pulsión
que en su ambiente universitario mantiene oculta, en Ascheribach
en Berbería, uno de los más irónicos cuentos
que integran su volumen Detrás por delante. Más
recientemente, Aldo Busi, retrata en Sodomías en punto
Once (1988) sus correrías eróticas por el norte
de África. La lista podría seguir.
William Burroughs, en
una entrevista concedida en 1973 a la revista Gay Sunshine, trata
de parecer tajante: "La homosexualidad es un hecho económico
de alcance mundial. En los países pobres -como es el caso
de Marruecos y en partes de Italia-, ésa es una de las grandes
industrias, uno de los principales caminos para que un joven pueda
llegar a algún lado (... ). Naturalmente, el homosexual se
aprovecha de que la gente sea pobre. Pero, en vista de la situación,
tal como está, ¿por qué no?".
Bajos fondos, Oriente,
zona sotádica, Tercer Mundo definen el espacio de conquista
para una importante corriente de homosexuales letrados. En él
van a buscar cuerpos que dan en llamar rudos, curtidos o salvajes,
como alternativa a los hombres de su propio medio, que se les antojan,
por oposición, de cuerpo crudo, blando y civilizado. Desde
hace más de un siglo los ejemplos se multiplican. Kavafis
(1863-1933) ensalza los ambientes proletarios y marginales: "La
habitación es pobre y sucia, / Oculta sobre la sospechosa
taberna. / Por la ventana se veía la callejuela, sucia y
estrecha. / Desde abajo subían voces de obreros / Jugando
a cartas, riendo", se lee en el poema Una noche.
La obra más leída de Marguerite
Yourcenar, Memorias de Adriano desarrolla con amplitud el
amor del emperador por Antinoo, un esclavo de Bitinia que
no duda en dar su vida por salvar a su amante. En Opus Nigrum,
el protagonista Zenón prefiere la compañía
nocturna de su criado turco a los encantos de las doncellas.
Los protagonistas de
Amor Pasión de Luis Antonio de Villena (1951), son
un profesor de literatura de la Universidad Complutense y un chapero
al que conoce cuando éste hace la carrera en el Paseo de
Recoletos.
Durante la segunda guerra
mundial, un maestro de escuela italiano que aún no se ha
convertido en cineasta de renombre, Pier Paolo Passolini (1922-1975),
experimenta un gran placer estético entre los jóvenes
campesinos que le rodean y acuden a sus clases y lo refleja en dos
novelas cortas de contenido autobiográfico reunidas bajo
el título Amado mío: "Es verdaderamente
increíble el caos interior, la inconsciencia, la falta de
pudor de aquellos hijos de peones y de jornaleros: era un continuo
e impuro reír, un sucederse de palabras sin cohesión,
digno de una banda de monos", relata al referirse a las tardes
pasadas junto al río con los jóvenes del pueblo donde
vivía. "Cuando se iban, los prados circundantes quedaban
como el campamento abandonado de una familia de gitanos. Los más
se bañaban desnudos, incluso los adolescentes, y muchas veces
se masturbaban juntos, sin tomar siquiera la precaución
de ir a hacerlo entre las cañas de maíz. Bruno estaba
entre éstos, y, aunque más bien serio y huraño,
no era ciertamente de los menos prepotentes. Su familia debía
de ser plebeya desde hacía muchas generaciones, y se notaba
en él la solidez del animal, pero sin su primitivismo salvaje".
La calificación
de sórdido o salvaje aplicada al cuerpo del proletario, un
concepto ideologizado y en modo alguno descriptivo, no es patrimonio
occidental, sino de clase. Un escritor de los remotos confines de
la zona sotádica, el japonés Yukio Mishima (1925-1970),
acude al mismo lenguaje en su autobiografía, Confesiones
de una máscara, para describir el cuerpo del mancebo
que enciende en él la revelación de la homosexualidad:
"Su pecho, desnudo,
mostraba músculos abultados, plenamente desarrollados y duros.
Un profundo surco dividía los sólidos músculos
pectorales y descendía hacia el abdomen. Los recios nervios
y tendones que cruzaban su carne confluían, procedentes de
diversas direcciones, en los costados, donde se unían en
tensos nudos. La ardiente masa de su torso iba siendo disciplinada
y prietamente aprisionada por cada una de las vueltas de la sucia
faja de algodón. Sus hombros, desnudos y tostados por el
sol, relucían como si hubieran sido frotados con aceite.
Negras matas de pelo surgían de los bordes de sus sobacos,
y la luz del sol hacía brillar aquellos rizos, dándoles
matices dorados.
Esa visión y sobre
todo, la visión de la peonia que llevaba tatuada en el pecho,
despertó en mí un avasallador deseo sexual. Mi ferviente
mirada no podía apartarse de aquel cuerpo rudo y salvaje,
pero incomparablemente hermoso. Y su dueño estaba allí,
riendo, bajo el sol, Cuando echó la cabeza hacia atrás,
pude ver claramente su cuello, grueso y musculoso. No, ya no podía
apartar la vista de aquel hombre".
* Arturo Arnalte es autor
de "Redada de violetas: la represión de los homosexuales
durante el franquismo"
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